viernes, 23 de mayo de 2014

La revolución egipcia resucita a los ladrones de tumbas








Una docena de profundos agujeros horadan la loma hasta donde alcanza la vista. En las tumbas, que permanecieron intactas durante milenios, ya no queda más que polvo. «Por aquí han pasado Alí Babá y los cuarenta ladrones y se lo han llevado todo», se lamenta impotente Musa, uno de los guardas locales que se encargan de vigilar el acceso al yacimiento arqueológico. A unos pocos cientos de metros, las imponentes pirámides de Dashur vigilan el horizonte, pero la necrópolis que las rodea, que no había sido explorada al hallarse en terrenos militares, se ha perdido para siempre.

La de ladrón de tumbas es una de las profesiones más antiguas de Egipto, donde pocos enterramientos han llegado completamente intactos a la actualidad. Pero desde la revolución de 2011, que tumbó al último de los faraones, Hosni Mubarak, los saqueos de yacimientos arqueológicos se han multiplicado, y el oficio se ha profesionalizado. De norte a sur, decenas de excavaciones han sido completamente expoliadas, especialmente en espacios abiertos como el Sinaí, Dashur o a las puertas del oasis del Fayum, donde tan solo la arena del vasto desierto egipcio protegía las reliquias. El vacío de seguridad que se creó tras la revuelta alimentó la codicia de los ladrones, que hoy, tres años después, han perdido el miedo a la Policía y siguen saqueando en cuanto cae el sol.

«Son peligrosos, muchos de ellos van armados y no dudan en disparar contra el que intenta acercarse», asegura la arqueóloga Monica Hanna, que lleva años denunciando el expolio que sufre el patrimonio cultural egipcio. Los ladrones no se achantan ni siquiera ante las fuerzas de seguridad, como bien sabe Ahmed, uno de los agentes que vigilan la Pirámide Acodada de Dashur, y que advierte a los visitantes de que no se alejen demasiado de las inmediaciones de la majestuosa estructura. «No se sabe quién puede andar por allí y puede ser peligroso», confirma el joven.

Las mafias de saqueadores saben perfectamente qué es lo que van buscando y dónde. «Están muy organizados, utilizan mano de obra que trabaja para ellos, y usan equipos tecnológicos como geo-sónar. Pueden llegar a arrasar una excavación o una tumba en una semana o incluso en una sola noche», explica Hanna.

«Tienen conocimientos arqueológicos y saben qué es valioso», asegura la egiptóloga, aunque eso no les impide utilizar hasta maquinaria pesada como excavadoras o incluso dinamita para acceder a las tumbas, que quedan completamente devastadas. Esculturas, sarcófagos, cerámicas, amuletos o shabtis (pequeñas figuritas funerarias), todo acaba en manos de vendedores locales o internacionales. «Lo que buscan depende del anticuario que les haya encargado el trabajo, que puede ser egipcio o extranjero. Muchos son coleccionistas privados», señala Monica Hanna, que acaba de recibir el premio SAFE Beacon, que reconoce su esfuerzo para concienciar al público sobre las amenazas que sufre el patrimonio cultural.
Participación de niños

Mientras que los yacimientos más conocidos y turísticos de Luxor se han mantenido al margen del expolio, como confirma el español José Manuel Galán, que dirige un proyecto en esta región, en lugares como Abu Sir el Maleq, en la provincia de Beni Suef, un vasto enterramiento de la época grecorromana ha quedado como un queso suizo, un orificio junto al otro. Entre ellos se esparcen los restos de lo que los ladrones no han considerado valioso, como piezas policromadas de sarcófagos, «que se han llegado a utilizar para encender hogueras y hacer el té», apunta la arqueóloga, o las propias momias, que yacen despedazadas bajo el sol inclemente, una mano allí, un cráneo allá. «Han muerto incluso niños, que la gente del pueblo utiliza para acceder a las tumbas más angostas», denuncia Hanna. Para algunos campesinos pobres, a los que la inestabilidad política que ha acompañado a la revolución ha hundido aún más en la miseria, los saqueos se han convertido en una forma de poner comida sobre la mesa.

Cerca de Esna, en el Alto Egipto, el yacimiento de Gebelein ha desaparecido completamente. En el Delta, los terrenos de Tel el Robhan han quedado bajo una piscifactoría, y en Dashur, por ejemplo, la construcción de un cementerio ilegal ha terminado de destrozar lo que los ladrones no se llevaron. Es imposible calcular el valor de lo que se ha perdido. Ni tan siquiera conocer exactamente qué es lo que ha sido expoliado, reconocen desde el propio Ministerio de Antigüedades egipcio. «Nada de lo robado está inventariado, no está en los registros», afirma Ali el Asfar, director del Departamento de Egiptología del ministerio. En muchos de los lugares arrasados ni siquiera se había llegado a trabajar nunca, eran aún vírgenes.

El ministerio –muy criticado por arqueólogos como Hanna, que opinan que no hace lo suficiente para proteger los sitios históricos–, se ha sentido impotente a la hora de afrontar los robos. «La seguridad depende de la Policía, y a los agentes les resulta difícil controlar a los ladrones en lugares tan abiertos, aunque poco a poco se está frenando el ritmo del expolio», señala el funcionario. En las últimas semanas, por ejemplo, se han llevado a cabo varias redadas y se han decomisado cientos de artefactos en dos casas en Saqqara y el Fayum.

Miles de piezas, sin embargo, ya han salido del país, y una visita rápida al portal de subastas Ebay demuestra que existe interés entre los coleccionistas, aunque a veces sea difícil certificar su autenticidad. «Las mafias tienen contactos en las aduanas, y sobornan a algunos funcionarios para que les permitan sacar piezas, incluso sarcófagos», denuncia Hanna. Pero el mayor problema, reconoce Ali al Asfar, no son las piezas que se han perdido, «sino que los yacimientos han sido destrozados, se ha perdido la Historia que podíamos aprender con ellos».



Fuente: http://www.abc.es/cultura/20140513/abci-revolucion-egipcia-resucita-ladrones-201405130132.html

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