sábado, 6 de abril de 2013

Ramsés II-El gran faraón de Egipto


Movido por el deseo de perpetuar su gloria para la eternidad, Ramsés II levantó monumentos por todo Egipto, entre ellos su magnífico templo funerario, el Ramesseum, en la orilla occidental de Tebas.
Ramsés II, tercer faraón de la dinastía XIX, fue coronado en 1279 a.C. «como rey de Egipto sobre el trono de Horus de los que están vivos, sin que pueda haber nunca jamás su repetición», según narran las fuentes de la época. Durante su reinado acometió un programa constructivo sin precedentes. El país se llenó de nuevos edificios religiosos, en los que aparecían los diversos nombres del soberano, así como la imagen del rey impartiendo justicia, honrando a los dioses o en el campo de batalla, como artífice de victorias reales o supuestas.
Da la sensación de que en Egipto no existió ningún rincón donde el rey no estuviera inmortalizado en piedra para asegurar su memoria más allá de la muerte. En Abydos concluyó la obra de su padre Seti y erigió su propio templo; fundó y agrandó santuarios en diversos lugares, entre ellos Tebas, Karnak y Luxor. Para afianzar su presencia en Nubia edificó allí varios templos, entre los que destaca el de Abu Simbel, éste dedicado a Amón, Re-Horakhty, Ptah y al propio Ramsés deificado. Allí, en Abu Simbel, dedicó un templo más pequeño a su esposa Nefertari, asociada a Hathor. Además hizo grabar estelas e inscripciones, levantar obeliscos y tallar estatuas que sembró por sus dominios, más allá del valle del Nilo, desde Nubia hasta Libia y Palestina. Ramsés fue un maestro en el uso de la propaganda, y para engrandecerse a sí mismo no dudó en usurpar edificios, inscripciones y estatuas de monarcas anteriores, incluido su propio padre, Seti I. Para mantener vigilada la frontera del norte, siempre amenazada por incursiones de libios o de pueblos del Próximo Oriente, y para alejarse del poderoso clero de Amón en Tebas trasladó la capital de Egipto a Pi Ramsés, una pequeña ciudad del Delta fundada por su abuelo, Ramsés I. Pi Ramsés llegó a alojar a unos 300.000 habitantes y Tebas quedó relegada a capital religiosa.

El Templo de Millones de Años

Entre todas las construcciones de Ramsés II hubo una que le fue especialmente querida. Se erigió justamente en Tebas, en la orilla occidental del Nilo, próxima a la tumba del faraón en el Valle de los Reyes. Actualmente la conocemos como Ramesseum, desde que Jean-François Champollion la bautizó así al identificar un cartucho con el nombre del rey. En la época de Ramsés, en cambio, se la conocía como «Residencia de los Millones de Años de User-Maat-Re Setepenre que se une con la ciudad de Tebas en los dominios de Amón, al oeste de la ciudad». User-Maat-Re Setepenre era el nombre que tomó Ramsés al subir al trono y de él deriva la denominación que le dieron los griegos en la Antigüedad, como Diodoro de Sicilia, que pensó que el edificio albergaba la «tumba de Ozymandias», deformación del nombre User-Maat-Re. Estrabón, por su parte, habla de un templo en Tebas oeste al que llama Memnonio, asociándolo con un personaje de la Ilíada de Homero llamado Memnón, supuesto rey de Etiopía.
Las obras del Ramesseum duraron casi veinte años, desde el comienzo del reinado de Ramsés hasta su conclusión en el año 21. En la construcción participaron los mejores especialistas del país, al mando de los maestros de obras Penra de Coptos y Amoneminet de Abydos, dos ministros de confianza del faraón. Ambos lo proyectaron para que fuese uno de los templos más grandes de Tebas oeste. Sus casi seis hectáreas de superficie comprenden el templo principal, un templo dedicado a su esposa Nefertari y a su madre Tuya, un palacio y las dependencias anexas dedicadas a la administración del santuario. Se sabe que para la construcción se reutilizaron algunos bloques de templos de la dinastía XVIII. Este edificio, creado con los mejores materiales, edificado en piedra y destinado a mantenerse en pie eternamente quedó muy deteriorado a causa de un terremoto, y sus ruinas se emplearon como cantera de materiales para otros edificios, en especial el vecino templo del faraón Ramsés III en Medinet Habu.

Protector de su pueblo

La fiebre constructiva de Ramsés podría parecer una forma de megalomanía o de egocentrismo; pero en realidad respondía a motivaciones más profundas. Por un lado, el rey quería que sus súbditos supieran que era el brazo fuerte y dominador, aquel al que no se podía vencer. Así se refleja en la decoración grabada en el Ramesseum, tanto en los muros exteriores como en los interiores: abundan las escenas de batallas, con el rey conduciendo victorioso a su ejército y venciendo a las fuerzas del mal, personificadas por sus enemigos. Como en otros templos, Ramsés hizo grabar en el Ramesseum episodios de la batalla de Qadesh y de otros enfrentamientos contra pueblos extranjeros. Igualmente, reprodujo el desfile de algunos de sus numerosos hijos e hijas.
Algunas escenas del Ramesseum muestran al faraón junto a diversos dioses del panteón egipcio, e incluso él mismo aparece representado como un dios. En efecto, las edificaciones reales del Imperio Nuevo no sólo mostraban el poder militar o político de los faraones, sino también su condición divina, algo que resulta patente en el Ramesseum. Como otros templos repartidos en Tebas oeste, el Ramesseum era un lugar de culto tanto para el dios Amón como para el rey divinizado. Mediante diversos rituales, fiestas y ceremonias se simbolizaba la constante regeneración del faraón. Estas ceremonias eran necesarias para que rejuveneciera y se revitalizara tanto mientras estaba vivo como tras su muerte. El Ramesseum quedaba así unido de un modo simbólico con la tumba del faraón en la necrópolis real tebana; santuario y sepulcro, pese a estar separados físicamente, formaban una unidad destinada a mantener al difunto en la inmortalidad.

Ramsés, igual a los dioses

La identificación de Ramsés con Amón se traducía en las esculturas. En la zona más interna del templo se alojaba la sagrada estatua de Amón con los rasgos del soberano. La estatua era objeto de un culto diario, en el que recibía alimento y se la vestía, enjoyaba y perfumaba como si fuera un ser vivo, pues mediante el rito volvía a cobrar vida. Otra importante fiesta local era la Bella Fiesta del Valle, en la que la estatua de Amón partía de su residencia en Karnak para visitar los templos de Millones de Años de los faraones y revitalizar a los difuntos enterrados en la orilla occidental. La imagen se trasladaba en barca, por el río y los canales, hasta los muelles situados frente a los templos de Millones de Años. Después se colocaba en un navío transportable que era acarreado a hombros por los sacerdotes hasta el interior del Ramesseum, donde se celebraban las ceremonias más secretas.
Si bien es cierto que los templos egipcios no estaban pensados para acoger feligreses, el pueblo sí podía acceder a los primeros patios. En estos lugares se alzaban grandes colosos del faraón a los que el pueblo hacía ofrendas y elevaba sus súplicas en el transcurso de algunas fiestas. En el Ramesseum esta función la cumplía un coloso de dimensiones extraordinarias, de 18 metros de altura sin contar la base, colocado en el primer patio, justo ante el pilono que da acceso al segundo patio del templo. Recibía el nombre de «Ramsés Sol de los Soberanos». Actualmente se ha puesto en marcha un ambicioso proyecto para reconstruir el coloso caído a partir de los más de quinientos fragmentos que se han localizado de la estatua.

El rey en la eternidad

La estructura del santuario refleja la creencia egipcia en la regeneración del faraón después de la muerte. A partir de la entrada, conectada con el Nilo por un embarcadero, los distintos espacios del templo –dos patios sucesivos, la sala hipóstila y la cámara de la barca– se orientaban en una dirección este-oeste, siguiendo, por tanto, el curso de la salida y la puesta de Sol. De este modo, el rey acompañaría al Sol en su curso diario por toda la eternidad, en una repetición diaria del milagro del renacimiento y la renovación. Un significado parecido tienen los grandes «pilares osiríacos» del segundo patio del santuario, situados a la entrada de la sala hipóstila, en los que se representaba a Osiris envuelto en un sudario; se evocaba así la regeneración del monarca tras su muerte, como el resucitado Osiris, dios del más allá con el que el faraón se identificaba.
Ramsés, como hombre piadoso que era, quiso rendir culto en su templo a sus progenitores. De este modo, decidió integrar en su Palacio de Millones de Años una pequeña edificación, conocida comoMammisi, en honor de su madre Tuya. Esta muestra de piedad filial respondía también a un fin propagandístico, el de afirmar su nacimiento legítimo y divino, pues se consideraba que el dios Amón se había encarnado en su padre, Seti I, para fecundar a Tuya.
Asimismo, al sur del primer patio, Ramsés erigió un palacio en piedra dotado con una «ventana de aparición» desde la que el rey se mostraba a sus súbditos en ocasiones solemnes. Este palacio sería imitado más tarde por Ramsés III en el cercano templo de Medinet Habu. La memoria, el poder y las hazañas de Ramsés II se perpetuaban, así, en las obras de sus descendientes, y aún en nosotros, al recordar la memoria de este gran faraón.

Para saber más 

Memorias de Ramsés el Grande. C. Lalouette. Crítica, Barcelona, 2006.

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