domingo, 7 de abril de 2013

La preparación en el más allá en el Antiguo Egipto


Los egipcios creían que cuando una persona muere, algo de ella continúa viviendo y a esta supervivencia le dieron el nombre de "doble", imaginándola "como una especie de sombra o fantasma, igual al cuerpo, aunque completamente impalpable". Durante miles de años creyeron asimismo que el "doble" sólo podía existir mientras el cadáver no sufriese en la tumba descomposición y de ahí los cuidados que dedicaron al embalsamamiento, consiguiendo que la momia se conservase siglos y siglos. Así fue como la momificación o embalsamamiento se convirtió en el arte nacional y todos los egipcios se preocupaban de él.
La religión egipcia enseñaba que la muerte no separaba el "ka", es decir,el alma del cuerpo. Por lo cual, no creían que el cuerpo muerto fuese una "funda desgastada por la vida".Por el contrario, opinaban que el alma dejaba al cuerpo sólo pasajeramente y que entre tanto tomaba la forma de un ave. Algo después dejaría tal envoltura y volvería al viejo cuerpo, pero sólo se éste se había conservado en buen estado.
Pero si el cuerpo se descomponía, el alma no podía volver a él y se extinguía. ¿Que había que hacer, pues, para proteger el cuerpo contra la descomposición? Los egipcios, impulsados por esta idea, no tardaron en aprender el arte de embalsamar.Dicho arte consistía esencialmente "en untar las cavidades con finos ungüentos y con mûm, de donde deriva el nombre de momia".
Todos los egipcios desearon ser potentados para poder combatir la destrucción del cuerpo y sobrevivir ficticiamente a la muerte. Hasta los menestrales pasaban su vida haciendo economías a fin de que los herederos pudiesen pagar su entierro y su tumba, algo parecido a lo que actualmente hacen algunos chinos que viven en América, que ahorran durante toda su vida para poder ser enterrados en su patria una vez muertos.
La momificación del cadáver de un rico costaba un talento, cantidad que representa algunos miles de euros en la moneda actual. Se trataba con menos atención los cadáveres de los pobres; pero aún así, su embalsamamiento consumía casi toda la herencia legada por el muerto. Los infelices que no podían adquirir unos cuantos palmos de tierra en la necrópolis común y eran incapaces de satisfacer los precios exigidos por los embalsamadores, no tenían más remedio que perecer por entero y para siempre, renunciando a la esperanza de conocer una vida feliz.
Según cuenta Herodoto, cuando fallecía alguien en Egipto solían acudir multitud de plañideras, que, "tras embadurnarse la cabeza con barro del Nilo, recorrían las calles, gimientes y estáticas, hasta llegar a la casa del difunto".Esta costumbre aún perdura en Oriente.
El cadáver era entregado después a la "Casa de la Muerte", en la que era embalsamado con gran solemnidad. El embalsamamiento duraba, por lo general, treinta días. El del faraón duraba setenta días, y el de los egipcios que se tatuaban y adornaban el cuerpo --que al principio eran todas las personas ilustres, de sacerdotes para arriba--, cerca de dos meses.
Ni que decir tiene que había especialistas sobre los embalsamadores. Mientras duraba el embalsamamiento, si se trataba de alguna gran figura --un faraón, un príncipe, etc.-- los sacerdotes oraban para guardar el cuerpo, protegerlo contra los dioses malignos y fortalecer el "ka", o sea, el alma, en su lucha contra los demonios.
Así como carpinteros, pintores, orfebres, plateros, albañiles y picapedreros eran muy estimados, pues sus conocimientos resultaban muy útiles para el reino de los muertos, los embalsamadores, en cambio, eran muy odiados y socialmente pertenecían a la clase más inferior. Se les toleraba, únicamente por ser muy necesarios. No así los que tenían a su cargo el embalsamamiento de los faraones y de las personas de alta alcurnia que formaban un grupo especial y gozaban del respeto de todos los ciudadanos.
Tres eran los procedimientos más empleados en la momificación. El primitivo consistía en sumergir el cadáver en un baño que contenía asfalto líquido; por este medio lograban la desecación Hecha esta operación envolvían el cuerpo de los difuntos con cintas que ceñían muy estrechamente al cadáver, empapándolas en bálsamos y esencias.
Con el imperio alejandrino griego se sustituyeron las cintas por un lienza ajustado, a modo de sudario. El procedimiento más extendido consistía en preparar los cadáveres con natrón, cuya base, según el análisis químico  es un compuesto de sosa y potasa, que tiene la propiedad de secar de modo perfecto los cuerpos. Una vez terminado el embalsamamiento, a veces se aplicaba al rostro del difunto una hoja de oro (como en el caso de Tutankamon), y otras se le cubría con una mascara de cartón pintado o dorado, o simplemente con un velo de lino muy fino, a fin de ocultar las taras de la fisonomía.
Los familiares del muerto nunca olvidaban colocarle debajo de la lengua una moneda que se destinaba al barquero del Más Allá y los griegos y romanos denominaron Caronte. La momia se guardaba en un arca o sarcófago que tenía la misma forma del cuerpo que había de encerrar, y el ataúd, comúnmente pintado, ostentaba jeroglíficos, así como figuras, entre ellas la de Neftlis, diosa de la muerte.En otras se representaba el chacal y el escorpión desenterrando los cadáveres.
Los egipcios que no podían costearse un ataúd de madera, lo envolvían en un papiro escrito o en una piel de buey. A veces enterraban la momia, con piadosos deseos, en la arena del desierto, aquellos que no podían o no querían guardar al muerto en una tumba colectiva.
"A este efecto --dice Herodoto-- sucedía a menudo que en la oscuridad de la noche, cuando todos los guardianes dormían entraban fortuitamente con el cadáver en el cementerio de lasa personas ilustres y lo enterraban cerca de la tumba de un príncipe; era un amable favor que se hacía al difunto, con la esperanza de que de los dones funerarios del rico quedara algo para el pobre".
Herodoto y otros viajeros antiguos relatan los trabajos de los embalsamadores, presenciados por ellos, para impedir la descomposición de los muertos.
Cientos de miles eran los obreros que trabajaban en todo Egipto preparando los muertos para que se mantuvieran sin deterioro en sus tumbas. Esta industria del embalsamamiento empleaba "grandes cantidades de estofas preciosas, telas comunes, líquidos perfumados y antisépticos, sustancias químicas, gomas, materias bituminosas, sin contar los amuletos preciosos y los ricos objetos cosidos a las vestiduras de los cadáveres.
Sorprende saber que las vendas de tela fina que envuelven algunas momias de faraones tienen a veces un kilómetro de longitud, siendo varias las empleadas en un solo cadáver, "y todas ellas fueron sumergidas previamente en líquidos perfumados con aromas de la Arabia Feliz".
Según dicen algunos egiptólogos, la preparación y el cuidado de los muertos ocupaban en Egipto a "una mitad de los vivos".
La moda desempeñaba también su papel en la momificación. Por espacio de algún tiempo, los cadáveres de ambos sexos fueron afeitados por completo. Algo más tarde debió de ponerse de moda lo contrario, ya que se han encontrado momias con todo su cabello (en las mujeres, incluso perfectamente ondulado).
Muchas de ellas, a causa de algún defecto de su embalsamamiento, corrían el peligro de pulverizarse, roídas por una especie de carcoma que perforaba los cuerpos momificados como si fuera madera.Para evitarlo se colocaba junto al cadáver un repuesto de ungüentos y de vendas nuevas. Por tal procedimiento, se creía que el "muerto" podría él mismo curarse dentro de la tumba los desperfectos de su momia, volviendo luego a sumirse en su reposo de siglos.
Los embalsamadores, como es natural, habían de conoce perfectamente su trabajo, pues en sus manos quedaba la responsabilidad de la conservación del cuerpo mortal y la confección de" la funda eterna".
Según Herodoto, el embalsamamiento de primera clase se llevaba a cabo de la forma siguiente:
"Primeramente se sacaba por la nariz el cerebro, valiéndose de ganchos de alambre. Los intestinos también se extraían de la cavidad abdominal. El interior del cuerpo era lavado con vino y hierbas aromáticas, y en las venas se inyectaba una sustancia química. Después se sumergía el cuerpo en una solución salina.
"Si transcurrido cierto tiempo quedaba ya bastante resistente, se le quitaba la humedad. No era fácil, puesto que el cuerpo humano tiene un setenta y cinco por ciento de agua. Se ungía la cavidad abdominal con finas grasas y aceite de cedro, se llenaba de mirra, casia, canela, semillas tostadas de flores de loto y esencias aromáticas, y se cosía para cerrarla. El exterior del cuerpo se sometía a un tratamiento parecido, aunque de acuerdo con sus características.
"Los intestinos, que eran objeto de un proceso especial, se guardaban en canopes ( vasos que los antiguos egipcios colocaban en las tumbas, con las vísceras de los cadáveres momificados). En el lugar del corazón se colocaba un amuleto sagrado. Finalmente, hacían su aparición los maquilladores, que daban color al rostro del cadáver y le pintaban los labios y las uñas, las palmas de las manos y las plantas de los pies. 
"Sobre el corte hecho en la piel, que cubre la cavidad abdominal, se colocaba una placa de oro y resina. En los orificios nasales se introducían tapones de tela, con el fin de evitar que goteara el líquido formado en el interior del cráneo durante el tratamiento.
"Acto seguido, los hábiles "empresarios funerarios" mostraban a los afligidos parientes y deudos diferentes modelos de momias: primitivas, sencillas, de cierta calidad, o pintadas de colores vistosos. Y a la vista de tales muestras podía encargarse, según las posibilidades de los interesados, el maquillaje del cadáver.
"También tenía repercusión de orden económico el que durante el embalsamamiento quedara junto al cadáver uno o varios sacerdotes. La citada costumbre motivó, sin duda, muchos abusos, y pobló los cementerios de mendigos que solicitaban regalos de los parientes del difunto para velarles.
"El cuerpo se envolvía en muchos metros de finísima tela, lienzo de Byssos, salido de los talleres reales. Con el fin de no deformar el cuerpo, al envolverlo, se colocaban almohadones en los lugares que pudieran deformarse con las operaciones de envoltura. La piel era untada con una solución de resina..."
En las sábanas se ponían joyas de oro y piedras preciosas, de acuerdo con la riqueza del difunto. El embalsamamiento de los reyes, dignatarios y animales sagrados entrañaba un acto estatal de suma importancia, en el cual tomaba parte activa todo el pueblo. 
Las investigaciones arqueológicas han confirmado, en su mayor parte, todo cuanto Herodoto nos transmitió acerca del arte del embalsamamiento. A este propósito resulta interesantísima la inscripción que aparece en la tumba de un alto funcionario de la época del faraón Tutmosis III. Describe lo siguiente:
"Cuando han pasado los sesenta días de tu embalsamamiento, se celebra un bello y pacífico sepelio; se te coloca en el féretro... y eres transportado por inmaculados toros. La calle por donde pasas está rociada con leche hasta tu tumba.Lloran tus amantes hijos. Tu boca es abierta por el sacerdote, y tu limpieza es llevada a cabo por el sacerdote de Sem. Horus guía tu boca y abre tus ojos y tus oídos. Tu cuerpo es más perfecto en todo lo que te pertenece. Son leídas letanías de alabanza.
"Luego te es ofrecido un sacrificio funerario; tu corazón está en ti como lo tuviste en la tierra. Llevas en tu anterior figura, como en los días de tu nacimiento. Tus cortesanos se inclinan ante ti. Entras en una tierra que el rey te ha dado: en la tumba del Occidente. Se celebran ceremonias; se llegan a ti, jubilosos, los danzantes de la muerte..."
El filósofo griego Heráclito, quien debió al influjo egipcio lo más esencial de su filosofía, sentenció: "Los hombres viven su muerte y mueren su vida".
Refiriéndose al embalsamamiento de segunda clase escribe el gran Heródoto:
"Quien no este para grandes dispendios, ha de escoger el tipo intermedio. Se emplean lavativas de aceite    de cedro, del cual son llenados los cadáveres. No se hace incisión alguna ni se saca nada del cuerpo; se introduce la lavativa en el ano, y éste se tapa con un corcho para evitar que salga nada; el cadáver es puesto después en lejía. El último día dejan salir el aceite de cedro, que lo hace con tal fuerza, que expulsa al exterior los intestinos. La carne está disuelta en su mayor parte por la lejía de sosa, y el cadáver no es más que piel y huesos.Cuando esto está consumado, devuelven el cadáver..."
La cavidad abdominal era abierta por paraquistas, y los saladores eran taraqueutas. La resina y el alquitrán eran sacados de los cedros del Líbano, y la sosa o natrón, de un oasis de Egipto.Cuando el cadáver estaba embalsamado, embadurnado con resina y desinfectado, era recogido por los parientes del muerto, quienes procedían inmediatamente al sepelio.
Las personas de pocos recursos eran entregadas a la "Casa de la Muerte. Había muchas casa de este tipo, que estaban clasificadas como las personas. Los esclavos se consideraban impuros y no les estaba permitido trabajar en las "Casas de la Muerte".
Aunque el embalsamamiento era una exigencia de la fe en la vida de ultratumba, los esclavos y los criminales que habían derramado sangre egipcia no gozaban del favor de lo momificación, pero sí todos los egipcios; de ello se cuidaban los templos.
En los embalsamamientos de tercera clase, los sepelios se hacían en masa, y allí la piedad desempeñaba un papel menos importante. Se cogía el cadáver con unos garfios, y era arrojado a un gran recipiente para cinco personas. Y en él, sumergido en una solución salina, yacía por espacio de treinta días. De conformidad con el ritual, treinta recipientes tenía el embalsamatorio, es decir, un recipiente para cada día del mes.
La momificación --tan artística en la primera categoría-- era en ésta muy primitiva, pues los parientes no podían pagar mucho, y a veces nada. Como es lógico, se empleaban los ungüentos más baratos en los embalsamamientos de tercera clase. Tanto en esta momificación como en la de segunda clase, no quedaban los cadáveres envueltos en vendas, como ocurría con las momias de los ricos y de los poderosos.
Es de creer que los embalsamadores estuvieran acostumbrados a los malos olores. Téngase en cuenta que el calor tropical del clima de Egipto los cadáveres se corrompían en seguida. No había hielo natural ni artificial. Por consiguiente, la vista y el olor de aquellos embalsamatorios debía de ser en verdad repugnante, soportable sólo por hombres de buen estómago.
Dijimos anteriormente que los embalsamadores reales gozaban de gran estima y respeto; no sucedía lo mismo con aquellos que ejercían su profesión en los mataderos populares o Casas de la Muerte. Se sabía que tales momificadores pertenecían a las clases bajas, y que no siempre tenían conciencia de la santidad de su cometido.
Solían comportarse de un modo rudo e indecente. Cuando reñían, se arrojaban unos a otros inmundicias de los cadáveres. Además, eran venales y corruptores, e incluso llegaban a quitar a un cadáver sus escasos ungüentos para ponerlos a otro cuyos parientes habían prometido una buena propina. Con cierta frecuencia realizaban actos sexuales con cadáveres, aún frescos, de muchachas jóvenes. 
"Una vez fue sorprendido uno in fraganti en tales manejos --dice Herodoto--, por lo cual los cadáveres de muchachas y mujeres no eren llevados al embalsamatorio hasta pasados tres días..."
Con arreglo a la ley de la fe, cuando moría un cocodrilo gozaba del supremo derecho de los muertos. Al igual que un rey, era embalsamado, momificado y llevado a su santuario funerario con los honores de un dios. Y aún mucho tiempo después de su muerte, el pueblo seguía llevándole ofrendas. A ello se debe que Herodoto, un  tanto sorprendido, escribiera:
"Si encuentran a un egipcio o a un extranjero que ha sido atacado por un cocodrilo o que se ha ahogado en el río, los habitantes de la ciudad a la cual se halle más próximo, han de embalsamarlo, embellecerlo y sepultarlo en tumbas sagradas. Ningún otro puede tocarlo, ni amigos ni parientes; los sacerdotes del Nilo lo entierran con sus propias manos, cual si fuera un cadáver divino..."
El alma de los muertos iba en busca de la divinidad. Este viaje lo hacía en barco por un río subterráneo y tenebroso, encontrando al paso horribles demonios, que intentaban despedazarla; pero el dios Thot, con cabeza de ibis, y Anubis, con cabeza de chacal, la protegían, llevándola ante una especie de jurado de cuarenta y dos dioses, presidido por el omnipotente Osiris. 
Aquellos jueces preguntaban al muerto se había cometido alguno de los cuarenta y dos pecados abominables para el egipcio; después colocaban sus acciones en una balanza, y según fuesen ligeras o pesadas, el alma era absuelta o condenada.
Para que el difunto no se turbase en presencia de Osiris y pudiese defender su causa ante los cuarenta y dos jueces, colocaban al lado del cadáver un ejemplar de "El libro de los muertos", en el que se indica todo lo que un alma ha de decir y hacer.
En caso de condena, el alma era arrojada al infierno, un abismo donde recibía azotes y dentelladas de escorpiones y serpientes; una tempestad la hacía pedazos, y finalmente perecía aniquilada. Pero si sus acciones le hacían acreedora de ser absuelta, pasaba primero por una especie de purgatorio, donde tomaba la forma de un gavilán con alas doradas, había de escapar de los malos genios.
Cuando tras estas pruebas, era admitida cerca de los dioses, llevaba una eterna existencia de felicidad, viviendo a la sombra de los sicomoros, el árbol más frondoso del Nilo, en un ambiente refrescado perpetuamente por las brisas del Norte, comiendo en la misma mesa que Osiris y respirando perfumes celestiales hasta la eternidad.

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