martes, 9 de abril de 2013

La cruel vida de los esclavos en el Antiguo Egipto


Independientemente de los conocimientos científicos que los antiguos egipcios poseyeran y de los cuales no se tienen noticias ciertas, es indudable que las pirámides y otras tantas edificaciones monumentales fueron construidas solamente por la fuerza manual. Los bloques de granito llegaban excavados de la lejana montaña practicando agujeros en la roca viva e introduciendo en ellos recias cuñas de leña que era necesario mojar para que al hincharse hiciesen resquebrajar a la misma roca.
Una vez transportados los enormes bloques al lugar donde se estaba construyendo la pirámide, merced al constante esfuerzo de miles de esclavos, dichos bloques se iban alzando uno a uno mediante adecuados "ingenios".
En resumen era una obra fenomenal y no hemos de asombrarnos si en la erección de las pirámides y en su derredor sonaron continuamente gritos de angustia de los desgraciados que trabajaban bajo la vigilancia y el látigo de sus implacables guardianes.
Por lo que respecta a este punto el enigma de las pirámides puede decirse que ésta aclarado. En la tumba de Tuthotep se encontró una inscripción que relataba como se llevaba a cabo el transporte de una pequeña estatua. Según dicha inscripción, era colocada sobre una especie de trineo, que era arrastrado por mil setecientos hombres.
Estamos seguros de una cosa: " En Egipto, todo descansaba en la fuerza muscular, la paciencia, la habilidad, la perseverancia, el sudor y la sangre. Pero hay aún muchas cosas que desconocemos. El "palo" pudiera ser tal vez la explicación de por qué se hacían tan grandes cosas en Egipto. Las pinturas halladas en una tumba tebana muestran cómo los capataces iban armados de palos. 
Desde luego, no sabemos todo aquello que de las pirámides desearíamos saber. Los jeroglíficos se han descifrado, las piedras han contado su historia, el inquietante capítulo de los ladrones se ha descubierto hasta el final. Sin embargo, aún resta bastante perplejidad y se espera una última respuesta.
Más, ¿que respuesta? ¿Y a qué? Es difícil, extremadamente difícil responder en términos claros. Tal vez porque los cuarenta siglos de que hablaba Napoleón son una distancia que fascina y espanta a la vez, acaso porque sobre las pirámides se proyecta todo el misterio de una gran civilización desaparecida, lo cierto es que no logramos convencernos completamente de que un esfuerzo como aquél, realizado para la construcción de algunas pirámides, como la de Keops, fuese debido solamente a la necesidad de proteger una momia.
Sin embargo, después de haber escuchado a la ciencia lo que ha dicho a este respecto, la mente continúa preguntándose: "¿Y por qué?"
Verdad o leyenda, la realidad es que una gran parte de las pirámides no garantizaron el reposo de los faraones que las habían mandado construir. Los ladrones lograron, casi siempre, superar todos los obstáculos y perpetrar sus robos sacrílegos. La sagacidad y medios discurridos para evitarlos no valieron de nada y la clave estuvo en suprimir a todos los esclavos que hubieran trabajado en el cierre final de las pirámides.
Algunos opinan que es un error sentir piedad hacia los esclavos de la antigüedad  "por cuanto su trabajo no debió ser más duro que el de los hombres libres modernos". También es un trabajo de esclavos, añaden, tener que realizar, día a día, un año y otro, "siempre el mismo trabajo, en el mismo lugar y hacer un movimiento igual treinta veces por minuto, estúpidamente y sin conciencia de que se hace, percibiendo una retribución escasa y en el aire viciado de la fábrica o de la oficina".
Tal vez aquellos esclavos fueran al trabajo cantando porque amaban lo que hacían en las pirámides. Quizá aliviara su carga la conciencia de que trabajaban para la divinidad. Es probable, pues los sacerdotes no vacilarían en ahogar todo afán de progreso y de justicia, tachándolo de falta de religiosidad y de fe.
"Cuando después de la muerte del faraón --dice Neubert--, se llevaba a cabo, con gran pompa, su sepelio, la pirámide era cerrada "para toda la eternidad". Con este objeto, se colocaba durante la construcción de la pirámide, encima del largo corredor, un pesado y enorme bloque de piedra. Y cuando el último de los vivos había abandonado la pirámide, se dejaba caer dicho bloque, cerrando así como un rastrillo, el corredor. A una distancia de algunos metros se dejaba caer , para mayor seguridad, un segundo bloque.
"A continuación se cerraba a cal y canto todo acceso a la pirámide, impidiendo que pudiera ser reconocido. Los esclavos que llevaban a cabo este trabajo y que, podrían ser un obstáculo para la conservación del secreto, eran matados lejos, en el desierto y enterrados en la arena o abandonados a las hienas. Una medida de seguridad que aparece como realmente excesiva y humanamente a prueba de toda sospecha".
Muchos esclavos, sin embargo, preferían esto a tener que pasar hambre, que era para ellos como ir muriendo lentamente. Su comida habitual se componía sólo de pan, arroz y cebollas, aunque no en exceso. Pero cuando el Nilo no inundaba los campos y, por tanto, las cosechas eran malas, cosa muy frecuente, ni siquiera disponían de tales cosas y el hambre hacía presa en aquellos miles de infelices.
Los pobres esclavos no recibían nunca alimentos ricos en albúmina, como carne y leche fresca. "Los hombres semejaban por ello esqueletos vivientes y lo mismo sucedía con las mujeres, cuyas figuras daban lástima, con sus pechos hundidos y sus vientres hinchados. Los niños padecían raquitismo. Eran como ascetas, aquejados por mil dolencias: parásitos intestinales, disentería, escorbuto, úlceras y pústulas..."  
Elevar el nivel de salubridad, disminuir la mortalidad, eran cosas desconocidas entonces. ¿Por qué ahorrar vidas humanas si los países sujetos a tributo aseguraban la continuidad del tráfico de esclavos?
Con cierta frecuencia hacía su aparición el cólera, la viruela o la peste. La suprema decisión de la sabiduría del faraón eran en estas  circunstancias parar las obras y cerrar las canteras hasta que todos los esclavos muriesen. Buena época para las hienas y las aves necrófagas.
"Y cuando, semanas después el sol había calcinado todos los esqueletos y los gérmenes de la enfermedad quedaban, al parecer, aniquilados, la pirámide estaba preparada para el acto siguiente..."
El látigo fue desde la más remota antigüedad el símbolo de la potestad suprema. Se empleaba para hacer cumplir las leyes de los dioses. En Egipto fue así, y lo mismo sucedió en Grecia y Roma. Se dice que Cicerón soñó en cierta ocasión que Júpiter había dado al joven Octavio --el que luego sería emperador-- un látigo, como símbolo de su dominio mundial.
Antiquísima es la costumbre de pegar a los esclavos. Y el terrible látigo debió de ser inventado especialmente para este fin. El látigo de los egipcios constaba de cinco correas de cuero, que llevaban unas bolas de metal en sus extremos. La sangre brotaba ya al primer azote.
En Egipto se convertía en esclavo aquel que perdía su libertad por haber sido vendido o por ser cogido prisionero en la guerra. A los esclavos, para distinguirlos, se les hacían unas incisiones en las orejas y en la nariz, o se les marcaba en la frente una señal con hierro candente, en la cual se ponían inmediatamente unos polvos negros. De forma que el esclavo quedaba marcado para toda la vida.
El esclavo se veía constantemente amenazado por el látigo. Su vida era, por tanto, un incesante tormento. Con frecuencia era azotado, no ya por haber cometido una falta o por rendir poco en el trabajo, sino, simplemente, porque lo exigía la perversidad de su dueño o de su dueña.
Cuando se producía este último caso, "el esclavo o esclava tenían que despojarse de sus vestidos, y era azotado en su cuerpo desnudo hasta que se desplomaba sin sentido. La sangre y el dolor de los esclavos calmaban a su sádico señor".
Asimismo, podían solazarse con esta reprochable costumbre las damas de la alta sociedad egipcia. Si la señora estaba disgustada con su esposo, o había dormido mal, o se veía en el espejo algún ligero defectillo, tenían que pagarlo sus esclavas, a las que azotaba sin piedad.
Del mismo modo, si en cualquier reunión el vino producía su efecto característico, un esclavo desnudo era azotado ante los ojos de todos los asistentes, "para regocijo y distracción". Sin duda, el placer de los azotes calmaba la concupiscencia.
El palmetazo fue también un castigo habitual entre los egipcios. El esclavo debía presentar la mano abierta, con la palma hacia arriba. "Su señor le pegaba entonces en la palma con una vara de palmera, a veces con tal dureza, que la piel de desgarraba y brotaba sangre. No era raro que ocasionaran heridas purulentas.
Por cierto que tales métodos eran utilizados todavía en algunas tribus de África hasta hace poco por los "señores" civilizados para castigar a los negros, e igualmente en muchas escuelas europeas por aquello de que "la letra con sangre entra".
A menudo miles de esclavos formaban el equipo de tiro o empuje para arrastrar un monolito, una estatua o un enorme bloque de piedra de muchas toneladas de peso. ¿Cuantos hombres eran muertos a golpes en el curso de estos transportes?
Se comprende que aquellos esclavos torturados por los carceleros o encargados se rebelaran a veces y derribaran a algunos de sus crueles verdugos. El castigo era que murieran unos cien esclavos por cada uno de los carceleros atacado.
Las faltas leves se castigaban con varios azotes en las nalgas desnudas. Las faltas graves se purgaban con la ceguera, la mutilación de algún miembro, las cenizas ardientes, la prisión o la muerte.
Resulta curioso observar cómo muchos egipcios sentían cierta inclinación a honrar a sus dioses de una manera dolorosa. En el capítulo 40 del libro II de su obra, nos explica Herodoto:
"Y después de haber ayunado en honor de la diosa Isis, le ofrecen sacrificios. Mientras arde el sacrificio, se pegan unos a otros, y después de haberse pegado hacen una comida con los restos del sacrificio..."
Más adelante, en el capítulo 61, agrega:
"Durante la celebración de la fiesta de Isis, en la ciudad de Bubastis, los hombres y las mujeres se flagelaban unos a otros durante los sacrificios. Pero sería para mí como un pecado decir la verdadera razón por la cual se pegan; no la diré, porque me la confió un sacerdote conocedor de todo secreto vergonzoso. Los carios que habitaban en Egipto llegan aún más lejos, pues se atacan mutuamente con afilados cuchillos..."
Es indudable que para los egipcios, los azotes eran placer y satisfacción. Y, por otra parte, este tormento era también el más cruel impulso para que no cesaran durante el trabajo. En Assuán, por ejemplo, hay un obelisco sin terminar, de 42 metros de longitud y 4,70 metros de base; los ingenieros han calculado se peso en 1168 toneladas. Partido en varios trozos, serían necesarios setenta y siete vagones de ferrocarril (de 15 toneladas cada uno) para transportarlo. Actualmente, a pesar de todos los medios de nuestra mecanización, no se dispone de medio alguno capaz de transportar esta piedra, la mas larga de la Tierra. Los egipcios, sin embargo, la transportaron, hasta una distancia de doscientos kilómetros, en dirección a Tebas. ¿Como lo hicieron?
Se ignora. En Egipto todo lo grande estaba consagrado a los dioses, mas no olvidemos que estaba impregnado de sangre, sudor y lágrimas.

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