viernes, 5 de abril de 2013

Hallada en Egipto una tumba que podría iluminar el misterio del faraón niño

Un equipo del CSIC encuentra los vestigios de cuatro personajes de la dinastía que llevó a los antiguos egipcios de la dominación extranjera a la gloria del Imperio Nuevo

Tumba de un niño de 4 ó 5 años de hace unos 3.550 años / CSIC

III
 EN ESTA NOTICIAHace más de 3.500 años, Egipto atravesaba un largo periodo de crisis. Como en la península ibérica durante las invasiones musulmanas, los gobernantes autóctonos habían perdido el control de su territorio. Su dominio se limitaba al sur del país y ni siquiera allí el poder de los reyes era omnímodo. Su debilidad permitía que quienes en realidad ejerciesen el poder fuesen los gobernantes locales. En aquel tiempo, los reyes de la dinastía XVII comenzaron a reconstruir el esplendor egipcio en torno a la ciudad de Tebas. Desde allí, lanzarían la reconquista del país frente a los hicsos, procedentes de oriente próximo, que acabaría con la reunificación del país en torno al Imperio Nuevo.
En ese periodo convulso, al modo de la Reconquista española, surgieron héroes militares, como el arquero Iqer, “el excelente”, un guerrero destacado en aquella especie de edad media egipcia, y reyes míticos, como el pequeño Ahmose-sapair, un príncipe que, pese a morir a los 4 o 5 años, fue venerado como un santo, recibió culto durante 500 años y fue incluido en las listas de reyes junto a otros grandes monarcas. Una parte importante de esa historia está siendo reconstruida por el equipo hispano-egipcio de arqueólogos del Proyecto Djehuty, liderado por el CSIC, que lleva ya 12 años excavando en Egipto.
El príncipe Ahmose murió con menos de 5 años, pero fue venerado durante cinco siglos
En la última campaña, en la colina de Dra Abu el-Naga, cerca de la antigua Tebas, los investigadores han encontrado los vestigios del enterramiento de cuatro personajes que debieron formar parte de la élite de la dinastía XVII. Uno de ellos es un niño de unos 4 o 5 años que, por el estilo de la talla del sarcófago, debía ser el hijo de un aristócrata de la época. Cerca de esa tumba infantil, el equipo del proyecto Djehuty descubrió ocho figurillas funerarias de madera que representan momias humanas. Tanto estas figurillas como cuatro piezas de lino desenterradas junto a ellas llevan inscrito el nombre de Ahmose o Ahmose-sepair, el legendario príncipe que falleció cuando aún era un niño. Pese a que la coincidencia de edades y la parafernalia encontrada en la tumba resulte fácil relacionar al niño encontrado por el equipo del CSIC y el rey mítico, José Manuel Galán, director del proyecto, no quiere sacar conclusiones precipitadas y considera que aún no se tienen pruebas para afirmar que la momia hallada pertenece a Ahmose. Para identificarlo sin dudas, sería necesario encontrar alguna inscripción en el sarcófago o en el sudario que envuelve el cadáver, algo que, según el propio Galán, puede no suceder.
La fragmentación política favoreció la creatividad de los artistas
Las figurillas, que de momento no son una prueba definitiva para probar el hallazgo del príncipe niño, cuentan otras historias curiosas sobre el periodo en que vivieron sus creadores. Galán explicó ayer en una presentación en Madrid que son tremendamente originales. En una etapa de fragmentación política, la capacidad del Estado para unificar el arte era mucho más limitada y los artistas creaban con mayor libertad. Años después, con la unificación política, también llegaría una homogeneización en las obras de arte, que llevaría a la producción en cadena y a la pérdida de valor de aquellos objetos artísticos. Una sandalia conservada como si se hubiese sacado hace diez días del armario, un instrumento para marcar el ritmo y una bola que debieron de usar los niños para jugar, son otros de los objetos encontrados por el equipo Djehuty.

Trabajo para un siglo

Según ha explicado Galán, aunque aún no tienen el aura de Ahmose, es posible que en el futuro algunos de los nuevos personajes descubiertos superen su relevancia. Uno de los que podrían dar algunas sorpresas es Intefmose, al que las inscripciones encontradas en su tumba denominan “hijo del rey”. Él podría ser hijo de Sobekemsaf, uno de los primeros monarcas de la dinastía XVII del que hasta ahora existe muy poca información.
Los sacerdotes de Amón comprobaron que la tumba del príncipe niño estaba intacta
Los misterios que quedan por resolver son múltiples, pero si las circunstancias económicas no les derrotan, el equipo Djehuty está dispuesto a seguir desentrañándolos centímetro a centímetro. “Allí hay trabajo para 100 años”, ha afirmado Galán. De momento, cuentan con noticias positivas. Por un lado, saben que las tumbas que han encontrado hasta ahora no han sido saqueadas en época moderna aunque lo hubiesen sido antes. Los ladrones de la antigüedad solo se ocupaban del oro y dejaban para los arqueólogos, aunque no fuese de forma consciente, una gran cantidad de baratijas que el paso de los siglos ha convertido en objetos de enorme valor. Además, un informe de los sacerdotes de Amón hacia el año 1.000 a.C. decía que, al menos hasta entonces, la tumba de Ahmose-sapair estaba “intacta”.


Una chapuza de entierro de más de 3.500 años

Si finalmente la tumba encontrada en la colina de Dra Abu el-Naga perteneciese al venerado príncipe Ahmose-sapair, es posible que alguna maldición egipcia haya caído ya sobre quienes lo enterraron. El ataúd para aquel niño, que pese a no superar los 5 años acabó en las listas de los reyes más importantes del país, fue tallado en una sola pieza de madera como era tradición. Después, según ha contado su descubridor, el investigador del CSIC Jose Manuel Galán, los responsables de los servicios funerarios debieron de tratar de introducir el cuerpo en el sarcófago, pero entonces se dieron cuenta de que no cabía.
Para hacer que entrase, colocaron el cadáver de medio lado y cerraron el ataúd. Conscientes de que el trabajo no había sido fino y tratando de hacer que la momia del niño descansase mirando al cielo como correspondía, lo sepultaron de medio lado para compensar la forma en que lo habían introducido en el sepulcro. Sin embargo, entre la inserción en el ataúd y la sepultura debieron olvidarse de la posición en que estaba el cuerpo y lo dejaron boca abajo, haciendo que el pequeño descansase durante más de 3.500 años mirando a las entrañas de la tierra y no al cielo estrellado.

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