domingo, 24 de marzo de 2013

Howard Carter y la tumba de Tutankamón



El famoso Valle de los Reyes, o los "Sepulcros de los Reyes de Biban-el-Muluk", se halla situado en la orilla occidental del Nilo, a setecientos veinte kilómetros al sur de El Cairo, frente a Karnak y Luxor, ciudades donde se encuentran las inmensas salas hipóstilas y los templos del Imperio Nuevo, en esa amplia comarca, ahora devastada, que antaño albergó la floreciente Tebas.
En esta necrópolis se han realizado hasta la fecha incontables excavaciones en busca de las sepulturas de los más distinguidos faraones. Pero, aún hoy,aunque se hallan tumbas más grandes y espléndidas que ver: la de Neb-jeperu-Ra,  Tut-anj-Amón (imagen viva de Amón), el rey niño de Egipto, sigue siendo la máxima atracción del Valle de los Reyes.
Todo ocurrió la tarde del 26 de noviembre de 1922. Dos hombres, el arqueólogo Howard Carter y lord Carnarvon, presas de gran nerviosismo, se hallaban al pie de un inclinado pasaje de paredes de roca, abierto en los acantilados de piedra caliza del Valle de los Reyes, en Egipto. Ante ellos se levantaba una puerta, sellada, según se creía, tres mil trescientos años antes. Y detrás de aquella puerta les aguardaba un tesoro inmenso... o una caverna vacía o profanada por los ladrones de tumbas.
Hacía treinta años que el arqueólogo Carter buscaba ansiosamente aquella puerta. Su acompañante lord Carnarvon, hombre tan culto como rico, que era el patrocinador de las excavaciones, había gastado una fortuna para sufragar el costo de esas exploraciones durante los últimos años.Ésta era su última oportunidad; si tras aquella puerta no hallaban la tumba de Tutankamon, Carnarvon estaba decidido a suspender la infructuosa y difícil búsqueda.
Mientras lord Carnarvon observaba curioso por encima del hombro de Carter, el arqueólogo intentaba cuidadosamente forzar con un cincel una de las esquinas de la puerta sellada.Con cada pedazo de yeso que se desmoronaba, crecía la tensión nerviosa de aquellos dos hombres. Poco a poco fue agrandándose la abertura hasta que Carter, con manos temblorosas, pudo introducir por ella una linterna eléctrica. Los segundos parecían siglos. Junto a Carnarvon, inmóviles como estatuas, se hallaban su hija Evelyn y el egiptólogo Callender. Como Carter no hablaba enmudecido por la emoción, lord Carnarvon, incapaz de aguantar la tensión nerviosa, le preguntó con voz ronca: ----¿Ve usted algo de particular?
Howard Carter volvió la cabeza. Tenia los ojos vidriosos. Con un susurro tartamudeo:
--Si, veo cosas extraordinarias, verdaderas maravillas.
Y acto seguido, con manos nerviosas, el arqueólogo agrandó más el hueco para poder escudriñar el interior de la tumba.La poderosa linterna eléctrica iluminó una cámara rosada, de unos ocho metros de largo por tres y medio de ancho. Los primeros objetos que surgieron de la sombra fueron cuatro grandes lechos tallados en forma  de animales inusitadamente largos y de enormes cabezas; aquellas literas aparecían recubiertas de oro. El haz de luz de la linterna descubrió luego un trono de oro verdaderamente magnífico, resplandeciente de piedras multicolores, y dos estatuas masculinas, de color negro y tamaño natural, que se levantaban como centinelas a ambos lados de otra puerta sellada. Tales estatuas lucían toneletes de oro y estaban armados con sendos bastones y mazos; sobre la frente ostentaban el símbolo protector de la cobra sagrada.
Ante el natural asombro de Carter y de sus acompañantes fueron apareciendo en la estancia nuevas maravillas: un montón de carrozas volcadas y deslumbrantes de oro, cofres incrustados de piedras preciosas, jarrones de alabastro, sillones hermosamente tallados, instrumentos musicales...
En aquella cripta había además otros objetos más vulgares.Pero lo que hacía de esta tumba un descubrimiento único era todo aquel cúmulo de alhajas, artefactos de oro, vestidos, armas y estuches de cosméticos. Parecía como si en la estancia hubiera quedado concentrada, a través del tiempo, la vida cotidiana de Egipto de mil trescientos cincuenta años antes de Jesucristo.
No es de extrañar que al conocer el sensacional descubrimiento de Carter y Carnarvon, declarara el eminente egiptólogo James Bressted: 
Éste es el hallazgo más importante de cualquier clase que se haya efectuado en parte alguna del mundo en todo la historia de la arqueología>>.
Y así era en realidad. El tesoro de Tutankamon en sí puede asegurarse que constituye la máxima concentración de riquezas que se haya descubierto jamás. Se necesitaron diez años para clasificarlo y transportarlo hasta el Museo de El Cairo donde se conserva actualmente.
 
El relato del hallazgo de la tumba de Tutankamon no perderá jamás su encanto. Y aunque el joven faraón sea la figura central de esta historia, fueron el arqueólogo Carter y lord Carnarvon quienes escribieron el guión, dirigieron la acción y produjeron el drama.
Al comenzar el siglo XX, lord Carnarvon era el heredero de una de las mayores fortunas de la Gran Bretaña; y además un auténtico gentlemandeportivo, que frecuentaba las carreras y para quien los deportes náuticos no tenían secreto. A sus veintitrés años había dado la vuelta al mundo a bordo de un velero. El tercer permiso de conducir automóviles que se expidió en Inglaterra era el suyo.
Cierto día tomó parte en una competición automovilística en Bad Langenschwalbach, en Alemania, que iba a torcer el curso de su destino y seguramente el de las investigaciones de los egiptólogos.
Cuando más emocionante era la carrera, su automóvil capotó y lord Carnarvon quedó herido de gravedad. La fractura de tres costillas perjudicó su sistema respiratorio, y sus pulmones se resistieron en lo sucesivo. Debido a ello ya no pudo pasar los inviernos entre las brumas y la humedad de Inglaterra, y marchó por primera vez a Egipto en 1903 en busca del sol y de un clima templado. Allí descubrió la arqueología, que sería en adelante la pasión de su vida.
En 1914 asoció a sus trabajos al joven egiptólogo Howard Carter, el más prometedor de los especialistas de la nueva generación, y juntos emprendieron algunas excavaciones preliminares.
Carter era también inglés. Nacido en 1873, reveló desde niño gran talento para el dibujo. A los dieciocho años de edad partió para Egipto, acompañando al profesor P. E. Newberry. Allí el joven Carter participó en excavaciones, hizo dibujos de estatuas y copió pinturas murales. Al propio tiempo aprendió el idioma egipcio y las costumbres del país del Nilo. A sus veintiséis años había estudiado por sí mismo tanta egiptología que fue designado para ocupar el cargo de inspector general de monumentos del Alto Egipto y Nubia.
Fue por entonces cuando comenzó la gran aventura de Carter al proponerse la búsqueda de la tumba de Tutankamon, el menos conocido de los faraones..
Sabido es que de cada uno de los monarcas egipcios quedaba constancia de su gloria y sus empresas grabadas en piedra. También Tutankamon o Tut-anj-Amón, alrededor de 1350 a.C., hizo agregar algunas inscripciones en los muros del templo de Luxor. Su tumba, sin embargo, no había sido localizada. Por eso Carter se puso a buscarla convencido de que no tardaría en hallarla.
Mal le iban las cosas cuando llegó a Egipto Theodore Davis, rico hombre de negocios norteamericano, quien solicitó de las autoridades permiso para excavar, al tiempo que contrataba los servicios de Carter.
Entre otros varios objetos, los excavadores encontraron algunos cántaros grandes, pero a Davis aquel hallazgo no le entusiasmó. Carter, en cambio, se mostró excitadísimo, ya que una de aquellas vasijas llevaba el escudo real con el nombre de Tutankamon>> escrito en jeroglíficos. ¡Al cabo de diez años de intensa búsqueda encontraba un indicio! Lo malo fue que Davis no le interesó el asunto y ordenó a Carter que excavara en otro lugar, donde confiaba hallar algo más positivo. Mas como tampoco en aquel sitio apareció nada de particular, Davis dejó que su concesión volviera a manos del Gobierno Egipcio a principios de 1914.
Carter quedó cesante, peo alguien le recomendó a lord Carnarvon, el rico arqueólogo aficionado que solía pasar los inviernos en Egipto. A propuesta de Carter, Carnarvon solicitó la concesión dejada poco antes por Davis y juntos comenzaron la búsqueda de la tumba de Tutankamon.
Pero no había hecho más que iniciar las excavaciones cuando sobrevino la primera Guerra mundial. Carnarvon regresó a Inglaterra, y Carter, que poseía grandes conocimientos acerca de las tribus del desierto, se convirtió en agente del Servicio Secreto británico.
En 1917, cuando las hostilidades finalizaban en el Oriente Medio, Carter y Carnarvon reanudaron los trabajos de excavación; pero durante cinco años no tuvieron sino decepciones y fracasos. Su empresa era ya objeto de ironías cuando los dos arqueólogos, descorazonados, se impusieron  a sí mismo el plazo de un invierno más: el de 1922-1923.
--¿Donde excavamos ahora? --inquirió Carnarvon.
Carter le mostró un mapa del Valle de los Reyes. dibujado por él con sumo cuidado. Cada sección ya explorada aparecía marcada. Colocando el dedo sobre el lugar situado inmediatamente debajo de la excavada tumba de Ramsés VI, contestó:
--Aquí. Éste es el último sitio que nos queda.
--Entonces, si falla esta oportunidad... ¡se acabó! --añadió riendo lord Carnarvon.
Mientra éste quedaba en Inglaterra arreglando unos asuntos urgentes, Carter regresó a Egipto e inmediatamente ordenó a sus obreros que reanudaran las labores precisamente debajo de un lugar en el que aparecían los restos de unas chozas de cascotes que habían servido de albergue a los construyeron la tumba de Ramsés VI, alrededor del año 1160 a.C.
El 4 de noviembre de 1922, los trabajadores descubrieron un escalón de granito. A la noche siguiente quedaron al descubierto once más, y tras el último se encontraba el dintel de una puerta, cerrada y sellada.
Carter, inglés flemático, no pudo reprimir un grito de triunfo al sentir en lo más hondo de su ser que se aproximaba al desenlace de aquella larga búsqueda. Pero en lugar de seguir excavando, cosa que parecía natural, tomó una decisión de auténtico gentleman.Tras de ordenar a los obreros que montaran guardia contra los ladrones, Carter envió este telegrama a lord Carnarvon:
AL FIN HE HECHO MARAVILLOSO DESCUBRIMIENTO EN EL VALLE STOP TUMBA MAGNÍFICA CON SELLOS INTACTOS STOP HICE RECUBRIRLA HASTA SU LLEGADA STOP ENHORABUENA 
Carnarvon no se hizo esperar, y  quince días más tarde estaba en Luxor con su hija Evelyn. El mismo día de su llegada se reanudaron las excavaciones y se descubría, poco más abajo del dintel de la puerta, un sello: el del faraón Tutankamon, muerto en el año 1343 a.C.
Si el caballeroso Carter no hubiese suspendido los trabajos en espera de su mecenas, con sólo poner el descubierto unos centímetros más abajo hubiera hallado el sello de Tutankamon, librándose de las cavilaciones de una quincena, conjeturando ¿quien sería el faraón o personaje enterrado detrás de aquella puerta?
--Habría dormido mejor de haberlo sabido --confesó luego.
¿Quien era Tutankamon, cuyo nombre, precisamente después de este descubrimiento eclipsó al de todos los faraones gloriosos? El mismo Carter contestaba humorísticamente:... lo único notable de su vida fue su muerte y su fastuoso entierro>>.
La leyenda ha llegado a formar parte del fabuloso relato del faraón Tutankamon.Declaró David Crownover, del Museo de la Universidad de Pensilvanía:
Como faraón, Tutankamon no tuvo la menor importancia; fue un muchacho de diecinueve años que reinó únicamente diez de ellos. Pero como objeto de mitos y leyendas, es mucho más importante que Ramsés el Grande, con sus templos portentosos, sus muchas esposas y sus regimientos de vástagos. Jamás podrá volver a presentarse nada semejante al faraón Tutankamon. 
Por los datos que se poseen, el joven faraón sucedió a su suegro Amenofis IV, reformador religioso que se atrevió nada menos que a cambiar el culto tradicional de Amón por el disco solar, a quién nombró Atón. Así cambió su nombre, que recordaba al del dios proscrito, por el de Akenatón, en homenaje al nuevo. Luego abandonó Tebas, la capital tradicional, para fundar otra.
Amenofis IV casó a su bella hija Ank-sen-Amon, apenas núbil, con el joven príncipe Tut-Ank-Aten, que había de sucederle a su muerte. Si bien los dos jóvenes eran demasiado tiernos para reinar.Apenas llegaron al trono, los sacerdotes vencidos de Amón recobraron su poder, y Tut-Ank-Aten tuvo que restablecer la antigua religión. También cambió su nombre para borrar de él las huellas del dios introducido por su suegro. Se llamó, para siempre, Tut-anj-Amón o Tutankamon.
Parece que el joven faraón intentó restaurar la paz religiosa y social. La hermosa reina no tuvo sucesión y su esposo murió a los diecinueve años victima de la malaria. Siendo enterrado suntuosamente; eso es todo lo que sabemos. La reina asistió al entierro y dejó sobre su féretro un ramo de flores silvestres, recogidas al parecer al paso del fúnebre cortejo hasta el Valle de los Reyes, el emplazamiento de los enterramientos reales. Un ramo de flores que halló Carter tres mil trescientos años más tarde y que al tocarlas se convirtieron en polvo.
De la joven y bella reina sólo se sabe que al enviudar, envió un patético mensaje a Shuppiluliuma, rey de los hititas, pidiendo le enviase a uno de sus hijos para contraer nuevo matrimonio. Le daba horror la idea de casarse con uno de sus servidores. Se dice que tú tienes muchos hijos -decía-. Cédeme, pues, a uno de ellos y será mi esposo y rey en la tierra de Egipto.>> Mas el solicitado príncipe hitita no llegó nunca al país del Nilo, porque fue asesinado. Y de la reina no volvió a saberse más.
En la sala descubierta por Carter y Carnarvon había tantos objetos como para llenar un museo; sin embargo, ni el sarcófago, ni la momia del faraón, habían aparecido todavía. No importaba demasiado, pues no existía la probabilidad de que los salteadores de tumbas reales hubiesen dejado intacto lo encontrado. Por tanto, era de esperar que pronto aparecería la tumba de Tutankamon.
Ante la impaciencia de lord Carnarvon nuevamente Carter tuvo que refrenar su curiosidad al llegar frente a la segunda sala. Había sido puesta a la luz del día una época casi desconocida del arte egipcio y la mayor parte de los criterios establecidos sobre el particular iban a ser rectificados. Por eso, antes de avanzar un paso, el arqueólogo quería examinar, clasificar y embalar los innumerables objetos cuyo descubrimiento aportaba a la egiptología esclarecimientos sin límite. Carter se impuso el trabajo inmenso de franquear a la ciencia el descubrimiento con exactitud. No eran sólo los objetos, sino el orden en que se encontraban, lo que exigió infinidad de croquis y fotografías de su situación respectiva. Luego fue el traslado cuidadoso a Inglaterra, cosa que Carter resolvió felizmente con un celo y pericia sin igual.
Una vez vaciada sin novedad la cámara descubierta, los dos ingleses pudieron seguir las investigaciones. El 17 de febrero de 1923, Carter se dispuso a franquear la nueva puerta ante una veintena de privilegiados científicos y corresponsales de prensa llegados de todo el mundo, que estaban sentados en estrechas hileras de sillas. Se hallaban también dos aristócratas españoles: el marqués de Narros y D. Eusebio Güel López, vizconde de Güel, invitados a tan solemne y trascendental acontecimiento por Mervyn Herbert, hermano de lord Carnarvon.
El arqueólogo realizó metódicamente un agujero a media altura, resistiendo la tentación de mirar al interior. En la estancia reinaba un silencio verdaderamente "sepulcral". Por fin, cuando la abertura fue lo suficientemente grande pidió  la lord Carnarvon la linterna. Lo primero que Carter vio sobrepasaba todas sus esperanzas. Una pared brillante bloqueaba la entrada un poco más allá. Emocionado, exclamó con enronquecida voz:
---¡Oro macizo! ¡Hay una pared de oro maciza!
Entonces Callender, fiel adjunto de Carter, le reemplazó y agrandó el agujero hasta permitir el paso de un hombre. El arqueólogo penetró otra vez el primero en la cámara misteriosa, luego de cerciorarse con la llama de algunas cerillas de que no había gases de ninguna clase. Y entonces pudo contemplar, asombrado, que lo que tomó por pared de oro macizo no era sino uno de los cuatro lados de un gigantesco sepulcro de oro que, sin ninguna clase de dudas, encerraba lo que buscaban con tanto ahínco: los diferentes féretros y el sarcófago de Tutankamon. 
Lord Carnarvon entró a su vez en la cámara sepulcral y con Carter examinaron el enorme féretro, cuya medición exacta tomada poco después dio este volumen 5,20 x 3,35 x 2,75 metros. De arriba abajo estaba totalmente recubierto de oro, y en los costados tenía incrustados adornos de lapislázuli, cubiertos de signos mágicos en los que se invocaba la protección del difunto.
Aunque por varias señales dedujeron que los ladrones se les habían adelantado, y que al ser sorprendidos huyeron sin llevarse gran cosa de la tumba, ahora comprobaron Carter y Carnarvon que las cerraduras y sellos del sarcófago estaban intactos.
Y los dos hombres que acababan de realizar un descubrimiento histórico sin precedentes, exhalaron un suspiro de alivio y se estrecharon las manos llenos de emoción. ¡ Su meta había sido alcanzada ! 
Cuando se disponían a efectuar la apertura cuidadosa de los sucesivos féretros que encerraban la momia del faraón, el egiptólogo Callender advirtió, en uno de los extremos de la cámara sepulcral, una pequeña puerta baja que se abrió sin dificultad y por la que pasó Carter el primero. Una rápida ojeada le convenció de que aquella última cámara encerraba los mayores tesoros artísticos de la tumba del faraón.
Ya dijimos que el examen y clasificación del hallazgo, el más grande registrado en la historia de la arqueología, duró varios años. En el invierno de 1926 a 1927 se abrió el sarcófago de oro, se desmontaron los distintos féretros y se examinó la momia de Tutankamon.
Lord Carnarvon no debía vivir las últimas emociones de la prodigiosa aventura. Había muerto cuando Howard Carter, rodeado de especialistas, procedió a desmontar y a abrir los diferentes féretros reales hasta que apareció el último ante sus atónitos ojos. El tesoro se componía de cuatro templetes de oro que contenían un sarcófago hecho de cuarcita y tres ataúdes, de los cuales el último, que medía una longitud de 1,85 metros, era de oro macizo de un espesos de 2.5 milímetros. En él descansaba el cadáver, pequeño y delicado, de Tutankamon, envuelto en telas de lino y cubierto el rostro con una enorme máscara de oro de aspecto triste, aunque tranquilo. El oro de la mascarilla brillaba radiante como si acabara de salir de las manos del artista que lo trabajó. La cabeza y las manos del muerto ofrecían formas perfectas, y el cuerpo estaba trabajado en un relieve llano. Aquella mascarilla fúnebre representaba a Tutankamon en toda su gloria real. Sus manos, juntas, apretaban las insignias del poder: la vara curvada y el abanico que estaba, al igual que la cruz, con incrustaciones de cerámica azul. El rostro aparecía modelado en oro purísimo, en el que los ojos eran de obsidiana y aragonito, y las cejas y pestañas, de lapislázuli. Con sus variadas tonalidades, aquel rostro daba la impresión de mantenerse vivo.
Sin embargo, toda riqueza incalculable dejó insensible a los sabios cuando descubrieron sobre la momia un manojo de flores silvestres, el postrer homenaje de amor de la reina Ank-sen-Amon a su esposo fallecido. Era un ramo de semillas y flores hecho a base de cabezuelas, azucenas y lotos, cuyos pétalos marchitos aún conservaban un ligero color. Según los entendidos, el ramo debió de colocárselo la joven reina a su marido poco antes de que cerraran el ataúd.
A la vista de aquello un soplo poético conmovió a los viejos especialistas de la egiptología. Carter dijo que el ramillete les reservó la emoción más fuerte de la jornada>> ¡ Era el testimonio del amor al cabo de 3273 años.
Apenas se abrió la tumba del faraón comenzó la burda leyenda de la "venganza" o "maldición" de Tutankamon. Dos meses más tarde, el 6 de abril de 1923, moría lord Carnarvon. La tesis normal decía  que su muerte de debía a una picadura de mosquito venenoso, degenerada en fiebres, que acabaron con una naturaleza gastada por el percance automovilístico, sus consecuencias pulmonares y las emociones sobrehumanas de los últimos meses.
Juntamente a estos comentarios se habló, también, de un "castigo del sacrilegio" y de que la tumba del faraón estaba impregnada de un sutilisimo veneno, preservado a través de los siglos, que "mataba" a quienes la profanasen. Y, sin necesidad de ello, se hablaba de la venganza del faraón contra los que turbaran su reposo en lo hondo del Valle de los Reyes.
"La muerte se acercará rápidamente a cuantos perturben el reposo del faraón", decía una de las varias versiones de la "maldición" que Tutankamon había mandado escribir, al parecer, en su tumba.
La fantasía periodística se desató entonces. Y como la mayoría de los que asistieron al descubrimiento del sepulcro faraónico no eran jóvenes , algunos fallecieron pronto.Los titulares de la prensa que siguieron a los que dieron cuenta de la muerte de lord Carnarvon continuaron con frases como las siguientes: " Una nueva víctima de la venganza del faraón"; "La maldición de Tutankamon continua...".
No tardó en hablarse de la cuarta victima, de la séptima, y de muchas más. Y llegó a establecerse como una superstición, que el mundo aceptó sin discutir, que todas las personas que de cerca o de lejos rozaron el descubrimiento de la tumba de Tutankamon morían de manera extraña.
Y no debe sorprendernos, por ejemplo, que unos años más tarde, en febrero de de 1930, los diarios de Londres diesen conocimiento de la muerte de lord Westbury de esta manera:
" Lord Westbury se ha arrojado hoy por la ventana de su domicilio, situado en un séptimo piso, quedando muerto en el acto. El finado tenía setenta y ocho años de edad. Recordamos a nuestros lectores que el hijo de lord Westbury, que tomó parte en el descubrimiento de Tutankamon como secretario privado de Howard Carter, fue hallado muerto en su apartamento el mes de noviembre pasado, a pesar de que la víspera gozaba de perfecta salud. La causa de su muerte nunca se supo con certeza..."
Algún tiempo después un diario londinense publicó la noticia: " Un estremecimiento de horror sacudió a toda Inglaterra cuando Archibaldo Douglas Reid murió de repente en el mismo momento en que se disponía a radiografiar una momia..."
El número de victimas de la "venganza del faraón" siguió aumentando. La muerte del egiptólogo Arthur Weigall hizo el lugar veintiuno, a la que aún seguía la de A. C. Mace, que junto con Carter abrió la cámara sepulcral de Tutankamon.
Algo más tarde se anunció el suicidio, en un ataque de locura, de un hermanastro de lord Carnarvon, y después la muerte, a causa de una picadura de insecto, como su marido, la de lady Elizabeth Carnarvon.
Tanto se extendió la creencia de que "algo maldito" rozaba a quienes de cerca o de lejos contribuyeron al descubrimiento de la tumba del joven faraón, que el egiptólogo alemán Georg Steindorf, después de minuciosas averiguaciones y estudios demostró claramente que la "maldición del faraón no existía en absoluto".Dicha encuesta serenó algo los ánimos.
Por otra parte, el famoso Howard Carter, que tanto o más que lord Carnarvon y que nadie llevaba sobre sus espaldas la responsabilidad de haber violado la tumba de Tutankamon, murió de muerte natural en 1939. Al refutar el mito de la maldición faraónica, solía decir:
"Todo espíritu de comprensión inteligente se halla ausente de estas estúpidas manifestaciones...".
Cabe recalcar que tantísimo interés despertó en el mundo el hallazgo de la tumba y de los fabulosos tesoros del faraón Tutankamon, que todavía su recuerdo permanece latente entre la gentes
Aunque su leyenda continua, ahora ha pasado Tutankamon a ser el sujeto de cientos de investigaciones científicas  basadas en los descubrimientos de su tumba, y diríase que, aplacado por el respetuoso trato que le han dado los científicos e investigadores, ha olvidado su célebre maldición...

FUENTE http://www.historiayarqueologia.com/profiles/blogs/la-tumba-y-el-tesoro-de-tut-anj-am-n

1 comentario :

Chris Freyre dijo...

Que historia tan atrapante...
¿como habrá sido la esposa de Tutankamón?