lunes, 25 de marzo de 2013

Amenofis IV y su bella esposa Nefertiti


Neferjeperura, Amenhotep IV o Amenofis IV (Akenatón), el padre de Tutankamon, fue el faraón promotor de uno de los mayores cataclismos religioso-políticos acaecidos en el Imperio Nuevo de Egipto. Valerosamente se enfrentó a todo el mundo y se ganó la impopularidad. Todo por haber decidido sustituir el culto de Amón por el de Atón (el disco solar), pretendiendo que éste fuese el "dios universal". Ello implicaba un deslizamiento hacia el monoteísmo con todas sus consecuencias.
El bello y afeminado Amenofis IV era hijo de Amenofis III y de una princesa de raza semítica, llamada Teyé o Tiji que, se supone, imbuyó al joven faraón las creencias monoteístas. Se sabe que era un hombre que se dejaba llevar por la fantasía, un poeta.
Y en su cerebro despertó una curiosa idea: la de abolir los centenares de ídolos que se adoraban en Egipto.Pretendía algo muy distinto, en lugar de aquella absurda idolatría: la adoración del sol, de Atón como divinidad única.
Por aquellas fechas, los sacerdotes de Amón (el dios en forma de carnero), habían adquirido una influencia en el país, y es posible que el faraón, actuando por dos motivos a un tiempo, quisiese acabar con aquella supremacía sacerdotal, y a la vez instaurar un ritual de tipo más puro y elevado.
Al mismo tiempo, Amenofis IV poseía un temperamento sensible a las cosas sobrenaturales, era poco amigo de la guerra, inclinado a la meditación y al sentimentalismo, cualidades que si podían hacer de él un buen reformador religioso, motivaron que fuese un mediano político.
Amenofis IV (1377-1358 a.C.) se casó con una princesa de origen indogermano, hija del rey Mitanni, que adoptó al convertirse en princesa egipcia, el nombre de Neferu Atón Nefertiti que significa la" Bondad de Atón, la belleza ha llegado".
Aunque extranjera, la la bellísima Nefertiti abrazó las nuevas creencias de su esposo, y se transformó, como él, en ardiente partidaria del dios Atón, en detrimento del culto a Amón, hasta entonces el tradicional en la Corte.
Pronto tildóse al faraón de "hereje" por los sacerdotes de Amón que a pesar de que iban perdiendo sucesivamente influencia, todavía arrastraban a la mayoría de magistraturas y castas. Sólo unas minorías siguieron al rey, que reverenciaban al nuevo dios en templos al aire libre, contra las costumbres imperantes hasta entonces en el país.
Como las innovaciones y reformas disgustaban principalmente a los sacerdotes, las luchas no tardaron en desencadenarse alcanzando violencia inusitada. Las aguas del Nilo se tiñeron de rojo y los cocodrilos se saciaron con millares de víctimas arrojadas al río.
La nueva religión era más humana, y la divinidad era considerada como benéfica. Pero la instauración del culto absorbía toda la energía de Amenofis IV, quien abandonó la defensa del Imperio cuando más lo necesitaba.
Amenofis IV -seguidor de Amón- cambió su nombre por el de Akenatón -esplendor de Atón-, dio a sus hijas nombres compuestos con el de Atón, e incluso obligaba a llevar nombres semejantes a sus ministros y generales.
Como el ambiente de Tebas le era adverso, mandó construir una capital de nueva planta en el Egipto Medio a la que llamó "Ekhet-Atón" o Ajetatón ( "Horizonte del Sol") y cuyas ruinas se conocen, actualmente, por el nombre de Tell-el-Amarna.
A las dimensiones de la ciudad religiosa de Tebas, a la inmensidad de la necrópolis de Menfis, podía compararse la inaudita audacia con que en el año 1364 a.C., hizo surgir Amenofis IV del desierto, como por arte de magia, exactamente a mitad de camino entre Tebas y la vieja capital de Menfis, su capital de Ajetatón o "Ciudad de Atón".
El rey indicó los límites de la nueva ciudad mediante inscripciones sobre piedra a ambas orillas del Nilo y los puso tan lejos que nunca llegaron a llenarse con edificios.
Las calles tenían hasta cuarenta y cinco metros de ancho. Adornaban la ciudad árboles, jardines y estanques y estaba presidida por un templo de colosales dimensiones, dedicado al Sol, con imponentes efigies faraónicas, más ciclópeas que bellas, elaboradas con más prisa que arte.
Todavía persisten las ruinas de los templos de Atón, tres palacios reales y suntuosas viviendas que pregonaron el poder que allí dominaba. Y en los archivos, recuperados entre los escombros, se encuentran pruebas evidentes que nos hablan de una vida refinada, de un exquisito gusto artístico en el que privan los bajorrelieves con tiernas escenas familiares, a la vez que reflejan una importante intensidad de intercambios internacionales.
Por otra parte, ciertas costumbres, contra la antigua etiqueta eran introducidas en Palacio. El faraón se hacia representar, en los relieves, apoyado en la pared, con las piernas cruzadas, mientras que sus antepasados se representaron siempre con la rigidez gigantesca de los dioses y de los héroes.
Todos estos escándalos se sumaron a la pérdida progresiva de plazas y fortalezas en Siria, caídas en manos de los hititas, que estaban entonces gobernados por el enérgico y astuto Shubiluliumash, en quién culminó el apogeo de su país al anexionarse el reino de Mitanni. 
El monarca hitita intrigaba en todas partes, tenia agentes, espías y partidarios que poco a poco expulsaron a los egipcios de las guarniciones sirias, mientras los generales egipcios --como Horemheb--, veían con alarma la decadencia del Imperio de Egipto.
Los ideales de Akenatón hicieron de él uno de los primeros reformadores de la Humanidad y tal vez el más notable de los faraones egipcios. Cierto es que no quiso, o no supo, ponerse al frente de su ejército para combatir a los hititas, pero fue porque estaba sumergido por entero en el pensamiento de su tiempo, observando con especial atención a los sacerdotes filósofos.
La verdad es que aquellos sacerdotes eran más guerreros que teólogos. 
Téngase en cuenta que la acción de Amenofis IV no se limitó tan sólo al arte y a la religión, sino que transformó la concepción de la vida, dándole nueva configuración.
Se ha dicho que Akenatón fue un fanático y un soñador. Y ello no es cierto, porque no podía ser un fantasioso, sino un transformador social de magnitud heroica quien combatió los principios y dogmas del antiguo Egipto, con lógica y perseverancia.
Por aquellas fechas cuanto hacían los sacerdotes estaba basado en la más grosera superstición. Y si el faraón "hereje" despreciaba a toda la cohorte de sacerdotes de Amón, era porque veía en su conducta a unos adoradores de fetiches, que comerciaban con escarabajos sagrados y libros de magia.
Tres hijas (algunos historiadores dicen que seis) le dio la hermosa Nefertiti a su esposo Amenofis IV o Akenatón. Las posibles complicaciones dinásticas que este hecho traería consigo fueron previstas por el inteligente faraón Amenofis. Por cuya causa casó con una segunda mujer, la cual le dio dos hijos varones: Smenkaré y Tutankamon.
Se ha dicho que Akenatón no era padre de Tutankamon, sino suegro; tal error de debe a que el faraón-niño se casó con su hermanastra Enkes-Atón (tercera hija de Nefertiti), por lo que Tutankamon, fue también yerno de su padre.
Lo más probable es que la bella Nefertiti no amó jamás a su esposo Akenatón. Se había casado con él porque lo mandaba la ley de Estado. Si bien, parece, que en lo más íntimo de su corazón amaba a un hombre apuesto y orgulloso a quien había conocido en su infancia. Se trataba de Horemheb, un joven que le había devuelto en cierta ocasión una pelota que ella lanzó por encima de uno de los muros de palacio.
Alistado en el ejército, el enérgico Horemheb se abrió camino en seguida. Siendo destinado como oficial a Tebas para seguir luego al faraón, de Tebas a su nueva ciudad del Sol.
Akenatón no tenía la menor sospecha de las relaciones que en su juventud habían existido entre Nefertiti y Horemheb. Si lo había nombrado oficial de su guardia personal fue porque aquel apuesto joven le llamó la atención durante una inspección de sus fuerzas armadas.
Por aquel entonces, el faraón no se limitaba sólo a predicar su revolucionaria doctrina en favor del dios Atón, sino que, presa del fanatismo, procedió al aniquilamiento de los viejos dioses.
El destronamiento de Amón y la destrucción de su Estado teocrático no los llevó a cabo  solamente en el plano teórico, sino que envió a sus guerreros a luchar contra los enemigos del Imperio, a los templos y a las tumbas, "e hizo borrar, a golpes de cincel, los símbolos, nombres y signos de los dioses".
Se ha dicho que Akenatón --sobre todo se se tiene en cuenta sus duros ataques contra Mut, la esposa de Amón, antigua diosa madre y símbolo de la fecundidad-- quiso tomar venganza de los dioses por no haber dado hijos varones a Nefertiti.
Ya hice constar que ésta solo tuvo hijas; por ello en torno a su noble cabeza flota una melancolía que armoniza poco con su fascinante belleza.
Mientras tanto se habían formado dos grupos: el partido de Amón por los aristócratas y los sacerdotes, y el partido de Atón. En éste se habían agrupado junto al faraón todos los esclavos, los servidores y, en general, cuantos nada tenían que perder. Y ello reconociendo perfectamente que si perecía el dios Atón su libertad peligraría y que sufrirían de nuevo la esclavitud, enfermedad y muerte.
Los sacerdotes no tardaron en declarar la guerra santa. Hasta que Nefertiti se enteró de que el oficial Horemheb organizaba una conspiración contra su esposo, contra aquel revolucionario en cuestiones religiosas.
Nefertiti sabía lo que aguardaba, a ella misma, en el caso de que la conspiración triunfara. Entonces, astutamente, se ganó la confianza de Horemheb. Y comenzó un arriesgado juego de amor tanto más peligroso puesto que el oficial de la guardia personal del faraón no era más que un vulgar mortal que sostenía relaciones amorosas con la hija de un dios.
La hermosa Nefertiti sabía perfectamente que su esposo "el adorador del Sol", se había convertido en un fanático que sólo se dedicaba a construir discos solares, cada vez más grandes y monumentales.
Por eso, ella decidió tomar en sus manos las riendas del poder. Se creció. Era hermosa e inteligente, aunque no pudo hacer frente a las intrigas y a las luchas. El hombre al que Nefertiti había amado de niña y que se había convertido en su más íntimo colaborador, que fue su amante y le juro serle fiel hasta la muerte, ocupaba un segundo plano en la Corte.
El faraón, entretanto, prohibió al pueblo arrodillarse ante él y ante su bella esposa. Nefertiti era adorada por Akenatón con su amor, era el sol de su familia, su dicha y su amor. Por algún tiempo los dos vivieron un feliz matrimonio monógamo, pues el harén del faraón había dejado de existir. Y una cosa semejante esperaba de todos sus discípulos.
Pero su madre pensaba de otro modo. La reina viuda Teyé, hija del sumo sacerdote Juja y de su esposa Tuja (cuyo sepulcro conyugal descubrió en 1902 el americano Davis), estaba muy preocupada por los viejos dioses y sus sacerdotes. Y también lo estaba su confidente, el apuesto amante de Nefertiti, Horemheb.
La reina presentía con gran sobresalto que a su marido, Akenatón, le amaba el pueblo, mas no los sacerdotes ni las clases superiores y poseedoras. Y entonces ella decidió erigirse en faraona, en regente del país. 
Esta gran reina, sin embargo, procuró sobre todo que aquel hombre al que ella amaba apasionadamente --el jefe de su guardia personal--, fuera escalando todos los peldaños de la escalera que conducía al trono, aunque para conseguirlo hubiera que derrocar a su propio Akenatón.
El imperio egipcio se extendía entonces desde la actual Siria hasta Túnez. Nefertiti negoció con los babilonios y aseguró las fronteras orientales. Tuvo que hacer frente a las rebeliones entre obreros esclavos que se levantaron durante la época de la cosecha. Mandó alzar nuevas pirámides para hacer uso de la mano de obra de que disponía hasta que llegaran de nuevo las imponentes inundaciones del Nilo y las cosechas.
Además quiso asegurar las fronteras orientales de su imperio por medio de un matrimonio. Pero la bella Nefertiti no llegó a realizar este plan.
Los sacerdotes, al frente de los cuales se encontraba el poderoso sumo sacerdote Bekancos, viéndose amenazados en su posición por las revolucionarias innovaciones, mandaron envenenar al faraón.
El gran Akenatón murió en 1358 a.C., a los treinta años de edad. Su médico de cabecera suministró al  faraón-poeta, por orden de los sacerdotes, un veneno pretextando ser una medicina.
Al faraón "hereje" le fue negada incluso una tumba propia. Por eso su cadáver fue sepultado en la tumba de su padre, Amenofis III.
Unos tres mil trecientos años después penetraron los arqueólogos en la cámara funeraria y descifraron la oración del rey Akenatón, que han transmitido a la posteridad los jeroglíficos grabados a los pies del sencillo féretro:
"De nuevo respiro el dulce aliento que sale de tu boca. Veo tu belleza día a día. Necesito oír tu suave voz, que viene a mí con el fresco viento del Norte..."
Los sacerdotes, luego imaginaron y lo consiguieron que Nefertiti se envenenara. Ella tomó el veneno reconociendo que no podría ya proclamar faraón a su adorado Horemheb.
De esta forma terminó su vida, una gran reina que deseó siempre lo mejor para su pueblo. Una mujer excepcional que fue demasiado buena para aquella época en la cual para gobernar había que hacer uso de la fuerza, de la intriga y del crimen.
 FUENTE http://www.historiayarqueologia.com/profiles/blogs/amenofis-iv-y-nefertiti

1 comentario :

Pilipchuk Eric dijo...

Gracias por ilustrarnos con tan hermosa historia y mi admiración a esos incansables arqueólogos que no bajaron los brazos ante sus sueños de encontrar aquella mítica tumba de la cual hoy aun habla el mundo