viernes, 29 de junio de 2012

Una expedición francesa descubre la primera momia de león en Egipto


Es sabido que los antiguos egipcios practicaron masivamente la momificación de animales. Cocodrilos, gatos, halcones, toros, ibis, babuinos, y hasta peces, serpientes y ratones fueron embalsamados con procedimientos similares a los que se empleaban con los seres humanos. Sin embargo, nunca, hasta ahora, se había descubierto la momia de un animal tan emblemático de la cultura egipcia como el león. El primer ejemplar embalsamado ha sido encontrado por una misión francesa durante la excavación en la necrópolis de Saqqara de la tumba de Maya, la nodriza de Tutankamón.
El estudio del hallazgo, que, según sus autores, confirma el estatus sagrado del león en el Egipto faraónico, apareció publicado ayer en la revista Nature. Del león momificado, un macho adulto de grandes proporciones, se ha preservado sólo el esqueleto, aunque la conservación de éste es excelente y muestra la posición característica de un cuerpo embalsamado. Pequeños restos de tejido y la coloración que han adquirido los huesos (similar a la que presentan los de varios gatos momificados hallados en el mismo lugar) confirman sin lugar a dudas, según el egiptólogo Alain Zivie, responsable de la investigación, el proceso de momificación.
El león apareció durante las excavaciones en el área del Bubasteion de Saqqara, concretamente en la tumba de Maya -descubierta en 1996-, un sepulcro del Imperio Nuevo que fue, al igual que otros del entorno, reocupado parcialmente en época tardía y grecorromana (de la que dataría el gran felino), y convertido en catacumba de gatos como lugar consagrado a la diosa gato Bastet. Significativamente, esta diosa fue en su forma más antigua representada con cabeza de león.
La tumba de Maya consta de dos niveles: el de la capilla (en la que figuran relieves de la propietaria original) y el de las habitaciones funerarias, reocupadas por los enterramientos intrusos, algunos de seres humanos, pero sobre todo de gatos. En la tercera de estas habitaciones, sembrada de ataúdes de madera y sarcófagos, aparecieron los restos de lo que parecía un gato desmesuradamente grande y que resultó ser un león. El enorme felino yacía directamente sobre la roca del suelo rodeado de numerosos huesos de otros animales y de restos de ataúdes rotos. Según Zivie, la conservación del espécimen de Panthera leo es excelente, excepto porque el cráneo está parcialmente aplastado. A diferencia de sus pequeños primos, no hay evidencia de que la gran bestia fuera sacrificada. El estudio de los dientes revela que el león llegó a viejo y fue mantenido en cautividad.
Los leones aparecen con frecuencia en los textos e imágenes del antiguo Egipto. Abundaban en estado salvaje y se cree que también eran criados en algunos santuarios y enterrados en necrópolis sagradas de animales. Diversas divinidades tenían forma o atributos leoninos, como Mahes (Miysis), Aker, Ruty (venerado en Leontópolis, en el Delta) o el meroítico Apedamak. Pero destaca sobre todo la feroz diosa leona Sekhmet, patrona militar. La figura del animal tenía cierto sentido protector. No hay que olvidar que la Gran Esfinge de Giza es, básicamente, un león. Ramsés II fue saludado como "fuerte león cuyo poderoso rugido hace temblar".


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Egiptólogos españoles descubren el primer dibujo frontal de un faraón


A través de un abismo de 3.500 años de historia llega el retrato excepcional de un faraón. El egiptólogo José Manuel Galán, director del equipo español que excava en la antigua Tebas la tumba de Djehuty, en la necrópolis de Dra Abu el Naga, junto al Valle de los Reyes, presentó ayer, restaurado, uno de los hallazgos más sensacionales de la misión, la denominada Tabla del Maestro, en la que figura el único dibujo frontal conocido de un monarca egipcio, según recalcó el propio investigador.


La Tabla del Maestro, de 31 - 50 - 1 centímetros, es una tablilla de madera estucada con una cuadrícula dibujada para medir proporciones y varios bocetos, un objeto que empleaban los escribas y artistas egipcios para realizar trabajos preparatorios o enseñar a un aprendiz, y que, considera Galán, pudo depositarse en la tumba como parte del ajuar funerario.
La pieza hallada muestra en un lado un doble retrato de un faraón de la XVIII dinastía realizado por dos manos diferentes -una más insegura-, inscripciones repetidas de El libro de Kemit -como si fueran pruebas de caligrafía- y, en el reverso, un bosquejo del rey cazando patos entre cañaverales.
Inicialmente, los investigadores identificaron al faraón retratado, cuyo nombre no consta en la tablilla, con Tutmosis III (1479- 1425 antes de Cristo), aunque ahora, dijo ayer Galán, "detalles de ojos y boca nos hacen pensar que quizá se trate de Hatshepsut" (1473-1458 antes de Cristo). Esta reina fue un personaje excepcional en la historia de Egipto que reinó como hombre adoptando todos los títulos de faraón, e incluso luciendo barba postiza. Durante un tiempo fue corregente con el joven Tutmosis III y ambos fueron contemporáneos del noble Djehuty, cuya tumba se excava.


"El retrato es una pieza única, pues no sabemos de otro rey dibujado de esta manera, en perspectiva frontal, en la historia entera de Egipto, no tenemos paralelos para compararlo, así que tratamos de hacerlo con estatuas", recalcó Galán.


El investigador explicó que en el arte egipcio sólo se conocen dibujos de caras de personajes marginales o extranjeros: enemigos, divinidades extravagantes o algún retrato de cortesana. En la tablilla encontrada en los patios frente a la entrada de la tumba de Djehuty en la segunda campaña de excavaciones, el año pasado, el faraón aparece con el tocado nemes tradicional con la diadema de la cobra en la frente (uraeus).
El egiptólogo señaló dos teorías sobre el retrato que explicarían la sorprendente frontalidad: o se trataba del dibujo preparatorio de una estatua o el autor se saltó a la torera las normas del arte egipcio al tratarse sólo de un boceto para uso personal. "Mostró que era capaz de una virguería, aunque el canon no lo incluyera; a mí me parece el alarde técnico de un maestro y de su alumno". Atrevimiento semejante se observa en muchos ostraca, trozos de cerámica en que los artesanos egipcios realizaban esbozos o grafitos que presentan incluso escenas burlescas o abiertamente pornográficas y que nunca tenían traslación a las tumbas o los monumentos oficiales. La imagen del reverso, añadió Galán, también es transgresora, al menos para su momento: el faraón es mostrado en un contexto iconográfico que no aparecerá en el arte egipcio hasta el reinado de Ay, un siglo después. "Podríamos decir que en este caso estamos ante un ensayo de formas nuevas", reflexionó el egiptólogo.


La Tabla del Maestro, que apareció a pedazos (se han recuperado y juntado 14), ha sido elegida, como ya informó este diario, para su exhibición en las nuevas salas del Museo de Luxor, que reabrirá el mes próximo tras su ampliación. Está previsto mostrarla junto a una estatua de Tutmosis III.


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miércoles, 27 de junio de 2012

Un faraón a destiempo


Todo el mundo se emociona al oír el nombre de Tutankamón, pero ¿quién se acuerda de Psusenes I? Su tumba en Tanis, en el delta del Nilo, es -con la de Tutankamón- la única de un faraón egipcio que ha sido hallada intacta y la historia de su descubrimiento es digna de un gran relato de aventuras (de hecho, Spielberg se basó en ella para En busca del Arca perdida). Además, Psusenes, un tipo interesante que reinó largo tiempo, del 1040 al 993 antes de Cristo, no como el efímero e históricamente irrelevante Tutankamón, apareció sepultado entre grandes cantidades de oro y plata y su hermosísima máscara mortuoria transmite una impresión de misterio similar a la que cubría el rostro de la momia del joven rey encontrado por Carter y Carnarvon. Sin embargo, Psusenes no ha tenido suerte -recordemos que caer en el olvido era una maldición para un antiguo egipcio-. Como no la tuvo, al menos en lo que se refiere a la celebridad, su descubridor, el egiptólogo francés Pierre Montet (1885-1966), que tampoco puede decirse que haya acertado mucho con sus teorías científicas.
En la película 'En busca del Arca perdida', Indiana Jones encontraba el sagrado objeto en las excavaciones de Tanis, llevadas a cabo en el filme ¡por los nazis!
Así pues, tenemos un interesantísimo dúo de personajes, Psusenes y Montet, separados por 3.000 años de historia y que se dan la mano sobre esa eternidad unidos en la desgracia de la misma manera que se abrazan en la dorada felicidad de la fama Tutankamón y Carter.
El problema básico con Psusenes es que apareció a destiempo. Si Howard Carter encontró a Tutankamón en los felices años veinte y la situación mundial propició que el descubrimiento tuviera una enorme resonancia (se produjo una auténtica tutankamomanía, que aún dura), Montet halló a Psusenes -y a otros tres reyes tanitas, uno desconocido hasta entonces, más la pedrea de varios príncipes- en un contexto internacional nada favorable a la arqueología: mientras se fraguaba y estallaba la II Guerra Mundial. Y es que a ver quién se iba a interesar por las momias cuando los nazis invadían Polonia.
"Digno de Las mil y una noches", dice Montet del espectáculo que se ofrece a sus ojos al penetrar el 18 de marzo de 1939 en la tumba de Psusenes. La frase puede compararse a aquella de Carter al avizorar los tesoros de Tutankamón por la brecha practicada en su tumba: "Cosas maravillosas".
El hipogeo de Psusenes se encontraba disimulado bajo la arena. "Entré en un corredor vacío. Luego pasé a una cámara con todas las paredes decoradas y llena de objetos funerarios", escribe Montet en La nécropole royale de Tanis (París, 1951). "A la derecha de la entrada, un basamento aguantaba un gran sarcófago de plata con cabeza de halcón y a ambos lados de éste se adivinaban dos esqueletos bajo una multitud de lajas de oro. Estábamos chez Psusenes". De hecho, Montet acababa de dar con un faraón desconocido hasta entonces y que dormía en una de las cámaras de la tumba de Psusenes, Chechonq II. Posteriormente, en 1940, Montet penetró en las estancias funerarias del propio Psusenes.
Las aventuras en el yacimiento, un lugar desolado, batido por el viento y el sol y en el que incluso el granito, poco a poco, se convierte en polvo, son tremendas. Tardan 12 días en extraer la máscara de Psusenes y los demás ornamentos de la momia. Hay que redoblar la vigilancia y pedir soldados a Russell Pachá porque "individuos sospechosos merodean por aquí y desembarazarse de los guardias habría sido un simple juego para hombres decididos", escribe Montet en sus Lettres de Tanis.
El descubrimiento de las tumbas reales de Tanis -la "Tebas del norte", olvidada capital de los faraones de las dinastías XXI y XXII- es una cadena de acontecimientos sensacionales. Y casuales. Pues, de hecho, Montet no está en el yacimiento -la antigua Yame, denominada Tanis por los griegos, junto al actual San el-Hagar- buscando tumbas, sino como consecuencia de su interés por la relación entre el valle del Nilo y el mundo semita, entre Egipto y la Biblia, y con la esperanza secreta, según algunas fuentes, de encontrar restos del tesoro del templo de Salomón y acaso la legendaria Arca de la Alianza. Dicho objeto habría ido a parar a Tanis como botín de guerra tras la invasión del reino de Israel por el rey de Egipto Sesac (o Shishak) en tiempos de Roboam (véase Paralipómenos 12: "Subió, pues, Sesac, rey de Egipto a Jerusalén y pilló los tesoros de la casa de Yavhé; todo se lo llevó"). Montet habría querido seguir las huellas de los semitas en Egipto a través de ese faraón, identificado con el libio Chechonq I -Shoshenq o Sesonquis I-, que fundo la dinastía XXII y reinó en Tanis del 945 al 924 antes de Cristo. Spielberg aprovechó esta historia para el guión de su película En busca del Arca perdida, en la que Indiana Jones encontraba el sagrado objeto en las excavaciones de Tanis, llevadas a cabo en el filme ¡por los nazis! En fin, Montet, a diferencia de Indy, no encontró el arca, ni tampoco a Chechonq I (aunque sí al II).

Inconformista y valiente

Originario de Villefranche-sur-Saône, Pierre Marie Montet, hombre poco convencional, inconformista y bastante antipático -intratable, al decir de muchos de los que lo conocieron-, estudió en Lyón con Loret y en 1910 empezó a excavar en Egipto. Atravesó a lomo de camello la antigua ruta del desierto oriental. En la I Guerra Mundial tuvo un comportamiento valeroso, lo hirieron varias veces y fue condecorado. Fue profesor en la Universidad de Estrasburgo, y de 1920 a 1924 dirigió las excavaciones en el antiguo puerto fenicio de Biblos (Líbano), punto de intenso contacto con el Egipto faraónico. En 1928 comienza la aventura en Tanis, que se desarrolla hasta 1956. Montet hará de sus estancias en el lugar un asunto familiar, pues llevará a vivir al yacimiento a su mujer y a sus hijas, Pernette y Camilla -sus cabritas, como las denomina cariñosamente.
Montet estaba convencido de que Tanis, Pi-Ramsés, la capital fundada por Ramsés II en el Delta, y Avaris, la capital de los Hyksos, eran la misma ciudad. Se equivocó de pleno. Hoy se sabe que, aunque están cerca, son tres ciudades diferentes. Sus obsesiones bíblico-románticas sobre testimonios hebreos ocultos tampoco se revelaron fundadas. Pero Montet fue sin duda un gran sabio y un hombre que trabajó esforzadamente hasta -literalmente- el momento mismo de su muerte. Es un enigma por qué se le ha ninguneado tanto pese a sus éxitos en Tanis. Es fácil colegir que su difícil temperamento ha tenido algo que ver. Sea como fuere, Montet se ha fundido en el olvido que nos espera a todos y del que tampoco se libraron los grandes reyes de Tanis. Tal como han ido las cosas, es conmovedora la inscripción que recubría la ennegrecida momia de Psusenes: "Tú brillas por la luz, Ra te ilumina, maestro de las diademas de oro, Psusenes, soberano de los soberanos, vivo para siempre".

La maldición de Psusenes

NO HACE MUCHO, quien firma estas líneas pudo comprobar cómo, pese a los esfuerzos de divulgación y las exposiciones sobre el particular que se han realizado en los últimos años -incluida una, Egypte, vision d'Eternité, celebrada en 1999 en Agde, y que acercó hasta el sur de Francia la mismísima máscara de oro de Psusenes-, los hallazgos de Montet en Tanis siguen sin contar con la popularidad que merecen. La maldición de Psusenes (que es el olvido) continúa activa.
En la pequeña sala 2 del primer piso del Museo Egipcio de El Cairo, donde se exponen los maravillosos objetos de las tumbas tanitas (más de 250 piezas, incluidas cuatro máscaras de oro, dos sarcófagos de plata, pectorales, collares, la preciosa vajilla, y hasta sandalias y dedales de oro), reinan habitualmente una paz y un silencio doblemente mortecinos que contrastan patéticamente con el bullicio y las masas de turistas que se agolpan en la anexa sala 3, donde se exhiben las más valiosas piezas del tesoro de Tutankamón.
Para más afrenta, las estancias de Psusenes y sus colegas se han usado como improvisado laboratorio fotográfico para elaborar el nuevo inventario del museo. El bellísimo sarcófago de plata con cabeza de halcón de Chechonq II -procedente de la tumba de Psusenes- parecía observar el lío de cables y parafernalia tecnológica con enfado revestido de dignidad. El único visitante era un egiptólogo holandés que trataba de leer las inscripciones de los sarcófagos con ayuda de una linternita, pues la iluminación de los objetos de Tanis, como una metáfora de su destino, estaba apagada.


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Una misión arqueológica egipcia descubre veinte momias cubiertas de oro


Una misión arqueológica egipcia ha descubierto veinte momias cubiertas de oro en el oasis de Bahariya (a 400 kilómetros al suroeste de El Cairo). Con este descubrimiento arqueológico el número de momias de ese tipo que se han hallado en el llamado Valle de las Momias de Oro asciende a 234. La noticia fue difundida ayer por el ministro egipcio de Cultura.
"Se trata de viente momias que están cubiertas con una lámina de oro como las que se habían descubierto en el pasado en el Valle de las Momias de Oro", afirmó Faruk Hosni en un comunicado. "Además, cerca de las momias se han hallado cincuenta monedas de bronce", agregó Hosni.
"Esas piezas", añadió, "eran para que el difunto pudiera pagar la barca funeraria que lo trasladaba al otro mundo", precisó. Los antiguos egipcios creían en una vida más allá de la muerte y por ello momificaban los cadáveres para que el alma del difunto hallase su cuerpo en el mundo de las tinieblas.
También ponían alimentos y diversos objetos de la vida cotidiana junto al cadáver para que la persona los utilizase en su otra vida.


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viernes, 15 de junio de 2012

Los grafiteros de Debod


Ya son 110 los grafitos descubiertos, fotografiados por procedimientos digitales y debidamente copiados para su estudio científico documental sobre los muros del templo egipcio de Debod, que hoy luce en el barrio de Argüelles, no lejos de la plaza de España.
Fieles, saqueadores, aventureros y viajeros, tanto de religión cristiana copta como islámicos o animistas, bien occidentales o norafricanos, dejaron sobre las paredes del recinto religioso marcas de su paso por él a lo largo de 21 siglos. Esas marcas componen un patrimonio testimonial de alto valor, complementario de las escrituras jeroglíficas que jalonan el templo.
Fue traído desde Nubia a Madrid piedra a piedra en 1968 para salvarlo, con otros cinco templos nubios, de su perpetua anegación por las presas gigantes del río Nilo. Ahora, en Madrid cada año lo visitan 130.000 personas.
El hallazgo de los grafitos, que pronto será editado, ha sido realizado por un equipo universitario canario-madrileño. El grupo, dirigido por el profesor de la Universidad de La Laguna Miguel Ángel Molinero y por Alfonso Martín Flores, jefe de la División de Investigación Arqueológica del Museo Municipal de San Isidro, ha empleado técnicas digitales que, al decir del profesor Molinero, "permiten una mayor versatilidad en el tratamiento de los vestigios documentales, ya que facilitan su copia y el estudio sobre ésta, y queda así garantizada la integridad de los grafitos originales".
De las grabaciones encontradas en Debod, muchas de ellas fueron inscritas sobre muros interiores del templo egipcio a lo largo de una etapa -posfaraónica- comprendida entre las dos centurias previas a nuestra era y el siglo XIX. "Se trata de trazos realizados en los muros bien por frecuentadores de Debod con propósitos devocionales, de execración o meramente testimoniales". Así lo explica Alfonso Martín Flores, especialista en historia antigua y conservador del templo.
Las inscripciones son de diferentes tipos. Las más antiguas son las denominadas proskinemas, o pequeñas oraciones redactadas al modo de aforismos, en las que los fieles solicitan distintas mercedes a los dioses del templo. Vienen luego las muescas trazadas durante la época cristiana, generalmente cruces mediante las cuales se perseguía conjurar la influencia demoniaca atribuida por estos creyentes a las divinidades allí invocadas. Posteriormente, se han recopilado dibujos de origen medieval, que consisten en camellos y caravanas donde aparecen varias representaciones de figuras humanas.
También han sido hallados grafitos de la época en la cual Nubia fue arabizada, en torno al siglo X. Se trata del anagrama conocido como bismillah, de glorificación de Alá. Por último, figuran signos de viajeros y aventureros occidentales del siglo XVIII y del XIX, éstos a partir de las expediciones napoleónicas del comienzo de aquella centuria, cuando comenzaron a ponerse de moda, entre las élites europeas, las visitas a Nubia.
Tras la investigación realizada por el equipo canario-madrileño, se han podido anotar más de un centenar de inscripciones. Destacan, por su nitidez, crismones coptos, caravanas árabes, invocaciones islámicas y grafitos más recientes, como las del viajero inglés John Bowes Wright, realizada sobre Debod en 1818 y la de Jacques Rifaud, dibujante, pintor y aventurero, que visitó la zona entre 1810 y 1820.
Rifaud se puso a las órdenes de Gian Battista Belzoni, un hombre de acción italiano que trabajó para el cónsul británico y para el gobernador turco -pachá- en El Cairo, por cuyo encargo descubrió las magníficas construcciones de Abú Shimbel, que glorificaron la figura de Ramsés II y de Setis I, su padre. Componen el documento más impresionante del imperialismo faraónico en Nubia.
"Todos los grafitos y las rúbricas han sido fotografiados digitalmente con distintos tipos de iluminación, para extraer de ellos toda la información posible", explica el profesor Molinero.
Debod es, quizá, el más importante templo nubio del mundo fuera del territorio de Egipto, ya que es el único vestigio de la etapa de la monarquía de Meroe y de su rey Adijalamani, sobre el que conserva hasta 18 paneles con escrituras y dibujos a él dedicados. Así lo explica el responsable de investigaciones arqueológicas del Museo Municipal de San Isidro, Alfonso Martín Flores.
Debod estaba enclavado sobre territorio de Nubia, fronterizo con Sudán. La necesidad del Estado egipcio por regular las crecidas del Nilo mediante un sistema de represas mantuvo el templo inundado nueve meses al año durante cinco décadas. Ante la inminencia de la construcción de la presa de Asuán (en 1960), la Unesco hizo un llamamiento internacional para preservar el rico patrimonio histórico de la zona. En agradecimiento por la ayuda prestada al salvamento de los templos de Abu Shimbel, Egipto donó Debod a España.


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El Museo Arqueológico abre al público la cámara funeraria de Tutmosis III


La egiptología vive un buen momento en Madrid. La descripción e interpretación de una sustanciosa parte de sus más hondos enigmas, los relativos a las relaciones de los faraones con el más allá, va a quedar en los próximos días al alcance del público madrileño. Así, la cámara funeraria de Tutmosis III -el belicoso faraón de la XVIII dinastía del Imperio Nuevo-, verdadero monumento documental de las culturas nilóticas, va a ser reproducida a escala real en la sala de exposiciones temporales del Museo Arqueológico Nacional, en Serrano, 13. La muestra, que inaugurará la ministra de Cultura, Carmen Calvo, el próximo martes, "ha sido organizada y patrocinada por la Fundación Santander Central Hispano", señala su director gerente, Javier Aguado. "La Fundación está comprometida en la divulgación del saber y del arte y queremos que esta exposición, exhibida aquí como primicia, sea una prueba de nuestro propósito", asegura Aguado.
La institución que dirige ha destinado 250.000 euros para este menester. La compañía especializada Factum Arte, con sede y taller en el madrileño barrio de Argüelles, ha realizado el montaje y el facsímil de la tumba, que les fue encomendado por una empresa belga, a la que ahora le han sido alquilados en Madrid hasta el 22 de noviembre, para itinerar luego.

Intimidad de la cámara

La supervisión general corresponde a María del Carmen Pérez Die, doctora en Historia Antigua, jefe del departamento de Antiguo Egipto y Oriente Próximo del Museo Arqueológico Nacional, que comisaría la muestra, a la que incorpora 30 objetos del patrimonio museístico. Adam Lowe y Miguel Guillén, en su montaje, han impresionado fotodigitalmente sobre escayola toda la intimidad de la cámara mortuoria. Ésta contiene uno de los tesoros más preciados de las culturas de la antigüedad nilótica, ya que alberga el Libro de Amduat. "Es un magnífico relato sobre el tránsito en barca y a través de la noche -metáfora de la muerte- que el Sol, Re, al igual que el faraón, había de recorrer hasta su amanecer", explica Carmen Pérez Die. Ella ha consagrado los últimos seis meses a idear lo que denomina "el relato del relato", es decir, la disposición ordenada en el Museo Arqueológico de esa pléyade de signos cargados de sabiduría, que el experto Erik Hornung ha interpretado y explicado en castellano por primera vez. Ante la mirada del visitante se despliega un cortejo de divinidades, personajes y animales sobre ríos y desiertos, bajo refulgentes astros que tachonan el celaje del espacio ornado con milimétrica identidad respecto del que recibió los cadáveres de los faraones en el Valle de los Reyes.
Tutmosis III, "a quien el dios Thot le ha dado el nacimiento", precisa Francisco J. Martín Valentín, director del Instituto de Estudios del Antiguo Egipto, "descolló por haber llevado las fronteras de su imperio hasta la cuarta catarata del Nilo y a las riberas del Éufrates". Martín Valentín expresa ahora su contento: "La meta principal del egiptólogo ha de ser restaurar el alma egipcia y, a mi juicio, esta exposición, mapamundi del universo funerario del Nilo, avanza en esa dirección", dice.




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miércoles, 13 de junio de 2012

El enigmático amante de la gran reina de Egipto


"Senenmut el insondable" lo denomina la egiptóloga francesa Christiane Desroches Noblecourt, mientras que el estimulante libro The seventy great mysteries of Ancient Egypt (Thames & Hudson, 2003), a cargo de un conjunto de especialistas, coloca la vida y el destino del personaje entre los mayores enigmas de la época de los faraones. El gran intendente de Amón y mayordomo real Senenmut (alrededor de 1473 antes de Cristo-1458 antes de Cristo), un plebeyo que llegó a ser el más estrecho y poderoso colaborador de la reina Hatshepsut, y según todas las evidencias su amante, es, en efecto, uno de los personajes más misteriosos y fascinantes de una historia, la del Antiguo Egipto, tan rica en ellos.


Hombre valeroso, del que sabemos que peleó como soldado y ganó "el oro del valor", arquitecto, astrónomo, teólogo audaz, criptógrafo, Senenmut aparece como alguien extremadamente capaz y ambicioso, que remontó la escala social hasta lo impensable y llegó incluso a acariciar con la punta de los dedos su última cúspide (se le preparó un sarcófago de hechuras reales).
Su reina lo honró con casi un centenar de títulos -todo un entusiasmo- y se conservan 25 estatuas de las que se le consagraron, por no hablar de los grafitos eróticos que le dedicaron los artesanos de la necrópolis tebana y que le muestran (según la identificación de los especialistas) en crudas escenas sexuales con Hatshepsut, lo que probaría que la relación entre la reina y su cortesano era un secreto a voces (una situación similar se repetiría con la viuda de Seti II -la reina regente Tausert- y su más alto funcionario Bay).
Parece probable que la extraordinaria personalidad de este "hombre de Estado fuera de lo común", como lo califica el gran especialista en su figura, Peter F. Dorman, autor de The monuments of Senenmut (1986), y sus ideas estén detrás de las aportaciones innovadoras del reinado de Hatshepsut, la gran reina que ostentó el título de faraón como si fuera un hombre. A Senenmut se le atribuye la construcción del templo de Hatshepsut en Deir el-Bahari, en una de cuyas capillas se hizo retratar, una iniciativa de increíble atrevimiento.


Los investigadores, entre ellos Desroches Noblecourt con su formidable biografía de la reina (Hatshepsut, Edhasa, 2004, ya en su segunda edición), se muestran perplejos ante este egipcio que -cosa bien extraña en su época- permaneció soltero y murió sin progenie reconocida, aunque, eso sí, enterró con veneración, momificadas, a sus dos mascotas: una pequeña yegua y un mono. Desroches Noblecourt le atribuye un hijo con la reina, Maiherpera, paje en la corte. Y resulta muy extraña la iconografía de Senenmut en una serie de estatuas en las que aparece en chocante intimidad junto a la princesa Neferuré, hija de Hatshepsut y -oficialmente- del marido de ésta, su hermanastro idiota Tutmosis II (buena materia de culebrón, sin duda, los tutmósidas).
Se ha sostenido que Senenmut hubiera podido llegar a ser rey consorte, de existir esa figura en el Antiguo Egipto, y que esa relación se sugiere en algunas estatuas feminizando al personaje como gran esposa real -incluso con pechos-, en paralelo a la masculinización de Hatshepsut como faraón.
"Lo que sabemos de Senenmut puede dar pie a cualquier teoría", advierte el egiptólogo madrileño José Manuel Galán, que excava en Tebas la tumba de un contemporáneo del personaje y también cortesano de Hatshepsut -aunque sin derecho a cama-, Djehuty. "Pero yo prefiero ceñirme a las fuentes y no dejar volar la imaginación, porque ése no es mi oficio. No obstante, es incontestable que Senenmut fue alguien muy cercano a la reina, incluso físicamente". La misma contención muestra otro egiptólogo, el catalán Josep Padró.


En cambio, dos voluntariosos aficionados a la egiptología madrileños, Teresa Bedman y el abogado Francisco J. Martín Valentín, acaban de publicar un entusiasta y romántico libro -sugieren juntar dos momias que algunos estudiosos han considerado, sin suficientes pruebas, que son las de Hatshepsut y Senenmut, "para volver a unir lo que antaño estuvo unido"- en el que presentan como un auténtico faraón en la sombra y "rey sin corona de Egipto" al singular personaje (Senenmut, el hombre que pudo ser rey de Egipto, Oberon, 2004). Ambos encabezan, además, el Proyecto Senenmut, del Instituto de Estudios del Antiguo Egipto (una institución privada), orientado a adecentar -al ser una empresa amateur no pueden, de hecho, excavar- una de las dos tumbas, la TT 353, que se hizo construir el favorito de Hatshepsut en la necrópolis tebana.


El destino final de Senenmut no está claro. Hay pruebas de una damnatio memoriae, un intento de borrar su recuerdo. Desroches Noblecourt no se explica cómo pudo romperse la relación entre el cortesano y su amada reina. Para un especialista como Jean Yoyotte se trata simplemente de la suerte habitual de tantos favoritos de reyes: Senenmut, "el más grande de los grandes", cayó en desgracia al hacerse fastidiosamente arrogante.


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Hallada en Saqqara una de las momias mejor preservadas del Antiguo Egipto


Arqueólogos australianos han descubierto en Saqqara, al sur de El Cairo, una de las momias mejor preservadas halladas jamás en Egipto, según anunció el lunes pasado el responsable del Consejo Superior de Economía, Zahi Hawass. La momia tiene 2.600 años y pertenece a la 26ª dinastía (664-525 antes de Cristo), que reinó en Egipto antes de la ocupación persa. El equipo australiano que excava junto a las célebres pirámides de Saqqara encontró tres ataúdes la semana pasada.
Dos de ellos contenían momias masculinas -una de ellas, la extraordinariamente bien conservada- y estaban tallados para representar figuras barbadas con ropajes confeccionados sobre el pecho. Los cuerpos, en su interior, estaban envueltos en lino. El tercer ataúd, que estaba en peores condiciones que los otros, custodiaba la momia de una mujer.
Las momias encontradas se exhibirán en un nuevo museo que llevará el nombre de Imhotep, constructor de la primera pirámide egipcia, que será inaugurado en Saqqara dentro de tres meses, según informó Zahi Hawass. El año pasado, arqueólogos egipcios y franceses descubrieron más de 50 momias del mismo periodo enterradas en una zona cercana, en el área de la propia Saqqara.


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viernes, 1 de junio de 2012

Maldición


Seguramente hoy sólo la recuerdan los eruditos y los nostálgicos, pero hace unas décadas, bastaba mencionar la maldición de Tutankamón para meter miedo al más pintado. La historia es ésta: el 4 de noviembre de 1922, después de varios años de búsqueda infructuosa y contra la opinión generalizada, que dudaba de que hubiera algo por descubrir en el Valle de los Reyes, el arqueólogo inglés Howard Carter descubrió una tumba rebosante de objetos funerarios de valor incalculable, tanto por su interés histórico como por su belleza extraordinaria. El faraón, cuya momia estaba encerrada en un fabuloso sarcófago de oro, era Tutankamón, un insignificante monarca de la 18ª dinastía, hijo o hermano del impío Akenatón y tal vez sucesor de Nefertitis. Reinó hacia el año 1330 antes de Cristo y murió joven, en circunstancias misteriosas.
A la sensación causada en el mundo entero por este descubrimiento se unió el rumor de que en la tumba había inscrita una maldición para quien osara profanarla. Algunas muertes prematuras o accidentales en el equipo de egiptólogos sustanciaron la leyenda y dieron origen a infinidad de artículos sensacionalistas y a varias películas memorables en las que unas momias desnutridas, pero muy eficientes, sembraban el terror en el Londres de la niebla y los bobbies con capellina y silbato.
Luego, poco a poco, la leyenda se diluyó, las películas quedaron relegadas a las filmotecas y el tesoro de Tutankamón, sin perder un ápice de su belleza y su enigma, se convirtió en un objeto turístico de primer orden.
Hace poco, un sofisticado programa de ordenador, a partir de precisos análisis científicos, ha reconstruido la verdadera fisonomía de la momia. Gracias a esta reconstrucción hemos podido comprobar que el legendario faraón tenía una cara de tonto que no podía con ella.
En la década de 1920, una sociedad clasista, que se vestía de etiqueta para cenar en casa y creía en la realeza y en los fantasmas, vivía amenazada por la maldición de una tumba milenaria. Hoy sabemos que la tumba y las maravillas que encerraba eran sólo la máscara de un cretino imberbe. Sólo nos queda decidir si con esto hemos logrado disipar el maleficio de una vez por todas, o si al final la maldición de Tutankamón nos ha alcanzado a todos.



FUENTE EL PAÍS